Traducción de extracto del libro: «ERA SADIANA» de D-R. Dufour

¿CÓMO LLEGAMOS A ESTO?

Hemos entrado en una nueva era sadiana, en la cual los promotores de la brutalidad de las relaciones sociales, políticas e internacionales ya ni siquiera la ocultan.

Para comprender cómo hemos llegado hasta aquí, hay que remontarse a Sade, cuando el «divino marqués» en plena Ilustración, reveló a los hombres esa parte oscura inseparable de su naturaleza.

Partiendo de los espacios cerrados —esos castillos fantasmáticos de los suplicios de antaño—, Dany-Robert Dufour examina cómo esta «pasión sádica» se ha ido desarrollando progresivamente a lo largo de la historia reciente: ayer en el Estado totalitario nazi, hoy en el Mercado absoluto. El autor muestra cómo tres factores contribuyen ahora a una «sadización» profunda de las relaciones entre individuos: las llamadas redes sociales, que en realidad funcionan a base del odio al otro; el dominio cada vez más devorador de las tecnologías; y las prácticas depredadoras de la súper clase financiera.

A esta nueva era le hacía falta una coronación. Aquí la tenemos, con la entronización de Donald Trump II como bufón tiránico fulminante.

Sin duda, Sade se regocija: hoy es la pervivencia de la especie humana la que se ve amenazada.

(Texto de portada del libro «Era sadiana» – Edición de octubre de 2025)

 

 

Por Dany – Robert Dufour

(Extracto: Capítulo 4 – parte I)

4. EL SADISMO HOY

I. El tercer capitalismo o el odio hacia el otro como vínculo social

Anteriormente he señalado la presencia masiva del sadismo en dos formas de capitalismo: el capitalismo de producción y el capitalismo de consumo.

Sobre el capitalismo de producción, que nació durante la primera revolución industrial en el siglo XVIII, señalé que, si el asesino alabado por Sade gozaba matando a su prójimo, al ladrón de Mandeville le gustaba dejarlos vivos para poder seguir robándoles… hasta que la muerte se produjera. Marx, lector de Mandeville, había llamado a esto plusvalía, o la extorsión al proletario mediante un juego perverso, si es que hay alguno, ya que todas las plusvalías recaudadas formaban el Capital. Ahora bien, –según Lacan–, este capital deviene plus de goce, es decir, se convierte en un súper fetiche (que puede permitirse todo)[1]. A continuación, señalo que este capitalismo de producción era sádico en un segundo sentido: a la larga alcanzaba el objetivo del sadismo, que es la destrucción del mundo, mediante la explotación racional e industrial de todos los recursos naturales que solo pueden devastar y contaminar irremediablemente este mundo y, por lo tanto, destruir los ecosistemas que lo conforman.  

En cuanto al capitalismo de consumo, creo haber demostrado que, desde su nacimiento, en 1929, se fijó como objetivo la explotación sistemática de las pulsiones de los individuos. Lleva a una proletarización estimulando los apetitos del consumidor hasta el cansancio, haciendo brillar objetos (manufacturados) atractivos que se supone satisfacen todos sus deseos, ante sus ojos asombrados. Con este objetivo, Edward Bernays (sobrino de Freud[2], emigrado a los Estados Unidos) creó sus simulacros cripto-sadianos, destinados a seducir sin cesar al cliente, como por ejemplo, el cigarrillo-pene para mujeres.

Pero, ahora me gustaría demostrar que existe una tercera forma de capitalismo, igualmente sádica, ya que se basa en el odio hacia el otro. Se observa en la última forma de producción, el llamado «capitalismo tecnológico-digital», –que hoy en día cuenta con las mayores capitalizaciones bursátiles mundiales y que ha llevado crear la «web social»– constituido por las redes sociales y otras plataformas.

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En primer lugar, cabe señalar que llamar social a una red revela de inmediato sus objetivos, ya que se propone explícitamente crear vínculo social organizando a las masas de alguna manera. ¿Qué masas? Masas inmensas, ya no se consideran a nivel local, ni siquiera nacional, sino mundial. Así, en 2022, Facebook contaba con cerca de 3 mil millones de usuarios activos mensuales en todo el mundo, de los cuales 37 millones se encontraban en Francia. No solo se trata de una gran cantidad de personas, sino que además estas permanecen conectadas durante mucho tiempo a las redes. De hecho, el acceso a estas redes se realiza principalmente a través de los teléfonos inteligentes, que se pueden llevar a todas partes y que se utilizan unas cinco horas al día (de media mundial), sabiendo que, para aproximadamente el 10 % de la población (especialmente entre los jóvenes), este tiempo puede alcanzar… ¡hasta doce horas!

Por su considerable impacto, constituye un reto inmenso para la antropología social comprender cómo funcionan las redes sociales y cuáles son sus efectos sobre la psique en sus dos modalidades principales, la subjetivación y la socialización. Sin embargo, el déficit de conocimiento en este ámbito es abismal: existen muy pocos estudios en profundidad realizados por psicoanalistas[3] con el espíritu que permitió a Freud, en 1921, estudiar en «Psicología de las masas y análisis del yo», las formas de vínculo social creadas entonces por la Iglesia y el ejército. Aunque estos análisis de Freud, si bien excelentes, no son ya muy útiles para comprender el vínculo social actual, porque se refieren a lo que él denomina las «multitudes convencionales», relativamente antiguas, en las que existen «vínculos afectivos, los que unen a los individuos con el líder, parecen más decisivos que los vínculos que unen a los individuos unos con otros».

Freud precisa –en el capítulo VI conclusivo de sus análisis–, lo que queda por estudiar: «Habría que examinar de cerca […] la diferencia entre las masas que tienen un líder y las que no lo tienen». Pero Freud se detiene ahí. Ahora bien, es «ahí» también (el lugar, el momento) donde comienza el imperio de las redes sociales actuales, como tales sin un líder aparente, ya que cada usuario se permite decir lo que quiera. Y «ahí» no se sabe nada o muy poco. En resumen, no sabemos cómo las redes sociales socializan… o desocializan.  

¡Ojo a la economía de la atención!

Ante esta falta de análisis, voy a intentar mostrar cómo estas redes sociales (y la mayoría de las plataformas), que aparentemente ofrecen una comunicación libre y sin límites, acaban provocando el odio hacia el otro, es decir, el «odio en línea» que moviliza la pasión sádica[4]. Para comprenderlo, hay que partir del hecho de que funcionan como industrias que explotan lo que se denomina la atención. Entiendo aquí «industria» en el sentido en que Adorno y Horkheimer hablaban de «industria cultural», salvo que se trata de una industria nueva.

Así se ha creado una economía de la atención en la que, como en cualquier economía, se puede identificar una fuente y una forma de explotarla. La fuente radica en que cualquier individuo normalmente constituido se interesa más por cierta información que le llega, que por otra. Antes, lo que le interesaba solo le concernía a él y a aquellos (sus padres, sus educadores, las autoridades religiosas…) que pretendían filtrar lo que veía, pero, desde hace unos treinta años, algunas empresas, las de la economía digital, se han dado cuenta de que podían, en un contexto en el que la información se volvía abundante y las solicitudes constantes, captar y monetarizar (en el sentido de «crear valor») esta atención humana.

Esta nueva economía de la atención es, por lo tanto, fácilmente concebible como una prolongación de las teorías de Edward Bernays, ya que este también quería captar la atención de los consumidores apostando por una comprensión profunda de sus motivaciones inconscientes con el fin de ofrecerles lo que se suponía que querían. Bernays postulaba que los individuos eran irracionales en sus elecciones y que sus decisiones de compra estaban influidas por emociones y deseos ocultos.

Si se lograba comprender esos deseos ocultos, se podrían crear y reforzar «necesidades» en los consumidores, relacionadas con los productos o las ideas que se les querían vender. Por lo tanto, había que captar, manipular la atención y desarrollar prácticas de marketing, relaciones públicas y comunicación para influir en las actitudes y los comportamientos de las personas.

La economía de la atención se fue formando gradualmente a partir de la década de 1980 sobre las premisas establecidas por Bernays, utilizando nuevas investigaciones procedentes de la psicología, la sociología y las neurociencias.

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Nos dimos cuenta de que realmente habíamos entrado en una economía de la atención en 2004, cuando, para sorpresa de todos, las declaraciones del presidente de TF1, Patrick Le Lay, que estaban destinadas a permanecer en un pequeño círculo, se hicieron públicas. En este caso, sus palabras llamaron… la atención. Anunció a sus compañeros, grandes empresarios como él, que:

Nuestros programas tienen como objetivo hacer que [el cerebro del telespectador] esté disponible: es decir, entretenerlo y relajarlo para prepararlo entre dos mensajes. Lo que vendemos a Coca-Cola es tiempo de cerebro humano disponible. No hay nada más difícil que conseguir esa disponibilidad[5].

En esta economía, la atención de las personas se considera, por tanto, un recurso escaso y valioso que hay que captar a toda costa para venderles productos, servicios e incluso ideas o conceptos que se consideran más favorables para los intereses a corto o medio plazo de la empresa o los patrocinadores.

Y ahí es donde surge la cuestión del odio.

Las investigaciones han revelado que los contenidos que transmiten emociones muy negativas atraen mucho más la atención que los contenidos que transmiten emociones positivas[6]. Así, las informaciones que suscitan ira, indignación o repugnancia se encuentran entre las que más eficazmente llaman la atención[7].

Sade fue, por supuesto, pionero en este campo, ya que llenó muchos de sus textos de horrores de todo tipo. Pero, ¿por qué nos atraen más los contenidos negativos que los positivos? Encontramos parte de la respuesta en las interpretaciones de los psicólogos y neurocientíficos, que yo reformulo a mi manera: estos contenidos violentos permiten que el neurótico medio muestre su reprobación moral hacia la inhumanidad y la divulgue.

Esto es absolutamente cierto, pero solo es una parte de la respuesta. Porque oculta que el espectador de estos contenidos en realidad disfruta dos veces. Una vez como neurótico que reprueba estos contenidos violentos y otra como neurótico que se identifica con un perverso que inflige violencia a otro individuo.

[…]/[…}

Acabo de explicar por qué la hiperesfera actual someten a los usuarios de teléfonos inteligentes a contenidos violentos. Pero, me dirán, ¿qué pasa cuando no hay «hechos violentos» convincentes que ofrecer? Entonces se inventan, por ejemplo, en formas burdas (noticias falsas o infox): «La vacuna contra la COVID-19 ha sido diseñada para modificar el ADN de las personas» o «Brigitte Trogneux es un viejo pedófilo, convertido en mujer transgénero, que lleva mucho tiempo abusando del joven Macron» o «El Estado dentro del Estado gobierna el mundo en beneficio de una inmensa red satánica»… Todo —y sobre todo cualquier cosa— vale para incitar a la hipocresía de la reprobación airada.

Pero la acción de las redes es aún más eficaz cuando invitan a estigmatizar los contenidos verdaderamente violentos. En este sentido, los comentarios woke que recomiendan la penectomía en los niños y la mastectomía en las niñas («por su bien», por supuesto) han sido pan bendito para las redes protrumpistas, que no dudaron en exhibir su «reprobación moral» contra lo que hay que llamar mutilaciones sexuales. Hasta tal punto que fue una de las claves de la victoria de Trump en 2024.

Ante estos contenidos violentos, reales o supuestos, el usuario se siente atraído, animado a disfrutarlos de forma perversa, y, como ser completamente disociado[8] que prefiere ignorar que acaba de disfrutarlos, puede protestar públicamente contra estas infamias. Si insisto en estas dos formas es porque los análisis de los psicólogos y neurocientíficos, al lado del usuario del smartphone, solo retienen en general un momento de este proceso. No aquel en el que el usuario ha disfrutado como un perverso, sino aquel en el que las emociones negativas han activado en él, que ve estos contenidos, la necesidad de compararse con otros espectadores, hasta que se ve sometido por cierta obligación a tomar partido, lo que le empuja a demostrar públicamente su «moralidad irreprochable»[9].

Ahora sabemos que esta reacción, en la que el individuo se siente poseedor de una moralidad ejemplar, activa en él las vías dopaminérgicas del cerebro (implicadas en el sistema de recompensa), proporcionándole «señales de pseudoplacer[10]». En otras palabras, basta con que el usuario muestre su desaprobación moral hacia determinados contenidos para recibir una recompensa en forma de una pequeña dosis de dopamina en su cerebro.

Pero, ¿cómo funciona exactamente en las redes sociales, especialmente en los casos en los que no existe, como en Facebook, un botón «no me gusta», sino solo un botón «me gusta»? De hecho, esta ausencia de botón es muy interesante, ya que es significativa de un bonito truco, obvio, pero muy eficaz, ya que empuja al usuario a intentar encontrar de todos modos una solución para expresar su desaprobación. Es como si a este usuario se le hubiera encomendado una misión que, aunque imposible, debe cumplir de todos modos. De repente, se encuentra inmerso en un juego en el que él es el héroe, llamado a defender ante los demás lo bueno y lo justo. No es de extrañar que la mayoría, muy halagados de encontrarse en esa posición, se dejen llevar por esa «misión».

Notemos al pasar que se trata de una variante adaptada a la época posmoderna y virtual de la «Política de la adulación» preconizada por Mandeville desde principios del siglo XVIII[11]. Pero, ¿cómo hacen los usuarios de las redes sociales para mostrar su desaprobación incluso sin un botón «no me gusta»? De hecho, los diseñadores de las redes lo han previsto todo para que puedan cumplir su «misión imposible», ya que han puesto a su disposición toda una gama de medios.

Los usuarios pueden utilizar «emoticones» que expresan tristeza 😟 o enfado 😡. Publicar comentarios indignados que tendrán la ventaja de ser más visibles que los simples «me gusta». Compartir, en lugar de ignorarlos, contenidos acompañándolos de un mensaje crítico (en Facebook, Twitter/X o Instagram, son frecuentes las capturas de pantalla acompañadas de un comentario de reprobación).

Crear sus propias publicaciones o historias (publicaciones efímeras que desaparecen tras un determinado periodo, generalmente veinticuatro horas) para criticar un contenido o expresar su reprobación moral. Expresar su desacuerdo o indignación utilizando hashtags específicos (como #NotMyPresident, #AccountabilityMatters, #JusticeFor[Nombre], #ToxicBehavior, etc.). Crear grupos y comunidades que les permitan amplificar sus críticas. Lanzar campañas de boicot (a marcas o personalidades) con hashtags como #Fire[Nombre] o #Boycott[Marca]. Decretar la «cancelación» de personas u organizaciones (cancel culture) con hashtags como #[Nombre]IsOver o #ShameOn[Marca]. Lanzar peticiones en línea a través de plataformas como Change.org etc.

Así es como los verdaderos perversos, los que controlan las redes sociales a través de fábricas de trolls y otros chatbots, podrán hackear a los neuróticos, proponiéndoles demostrar lo virtuosos que son. Cuando estos últimos muerdan el anzuelo de la virtud, estarán perdidos. Es bien sabido: más virtuoso que yo, mueres…

El mecanismo de la adicción merece que nos detengamos en él, ya que es aún más temible de lo que dicen los estudios, ya que se basa en realidad en dos placeres: uno en el que el usuario (¿no sería mejor decir «usado»?), perfectamente disociado, habrá disfrutado perversamente de la violencia expuesta y otro en el que el mismo individuo se presentará como un neurótico que reprueba esa violencia.

Tan pronto como los algoritmos ad hoc hayan establecido el perfil del candidato a la virtud, entrarán en juego otros algoritmos, llamados de recomendación de contenidos. Para mostrar en la pantalla, por ejemplo, en YouTube, otros vídeos destinados a captar la atención del buen chico con los mismos procedimientos. El objetivo será dirigirle y redirigirle, ad libitum, hacia contenidos relacionados con el conflicto, el miedo, la indignación o la sexualidad, lo que aumentará tanto su perverso placer por haber traspasado un límite (primera descarga de dopamina) como su placer moral como usuario indignado ante el contenido negativo (segunda descarga). Es precisamente este doble mecanismo de adicción el que buscan las redes y plataformas. Facebook utiliza el desplazamiento continuo en su aplicación para que los usuarios no se desconecten y permanezcan más tiempo. Es también este mecanismo el que obliga al usuario a consultar su Smartphone cada diez minutos para ver si alguien, incluso un robot conversacional, ha respondido a su mensaje de Instagram, aunque no haya habido ninguna alerta.

A falta de respuesta, el cerebro, en estado de carencia, ordena a las glándulas suprarrenales que produzcan cortisol, lo que tiene como efecto poner en tensión al usuario, empujándolo a calmarse buscando contenido que le proporcione de nuevo su doble dosis de dopamina.

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Todo este proceso describe lo que se conoce como «brain hacking» o «brain hijacking», es decir, el secuestro o el pirateo cerebral, que ahora se practica a gran escala.

Este fenómeno ha sido bien descrito por Tristan Harris, antiguo empleado de Google y cofundador del Center for Humane Technology, que explica cómo el smartphone funciona ahora como una gigantesca «máquina tragaperras» que acoge a todos sus usuarios, que, al ser más jóvenes, a menudo no han tenido otros horizontes que los «videojuegos» y se encuentran preparados para entrar en las grandes manadas virtuales de los adictos a las redes, a los que se puede guiar hacia donde se quiera que vayan[12].  Digo «adictos» porque siempre tendrán que jugar o mirar una última vez «para ver», o tendrán que estar constantemente «scrollando » (desplazarse por las pantallas), ya que, de lo contrario, podrían perderse nuevos mensajes (incluidos los que envían en masa los chatbots), nuevos mini-vídeos, nuevos «me gusta», nuevas informaciones, nuevas oportunidades de disfrutar de un rápido orgasmo antes de mostrar su moralidad frente a mensajes negativos.

Ramsay Brown, el neurocientífico que dirigía Dopamine Labs (el nombre lo dice todo), una start-up californiana especializada en brain hacking, explicaba así que «un desarrollador que entiende cómo funciona el cerebro sabe cómo escribir un código que le permita al cerebro hacer ciertas cosas». Se trata, por lo tanto, de apoderarse del cerebro del usuario para obligarlo a permanecer el mayor tiempo posible frente a la pantalla.

Tristan Harris, por su parte, pone como ejemplo las «rachas», ese contador presente en Snapchat que permite a los adolescentes (el público objetivo prioritario de esta red social) visualizar el número de días consecutivos que dura la conversación en la que están inmersos. «Algunos chicos están tan estresados por esto que, cuando se van de vacaciones, dan su contraseña a otros cinco niños para que continúen la conversación»[13]. El código desarrollado por Dopamine Labs permite definir el mejor momento para gratificar a los usuarios con recompensas, como bonificaciones o puntos, e incitarlos a prolongar su atención en línea. Todo ello mediante algoritmos que personalizan las experiencias de cada usuario, calificado por los desarrolladores como «conejillo de indias».

Por esta razón, estas aplicaciones son gratuitas para los usuarios: estos proporcionan gratuitamente su atención. Una mina que permite a los anunciantes recopilar sus datos personales en gran cantidad para luego ofrecerles publicidad dirigida que, muy a menudo, dará en el blanco, ya que satisface impulsos creados de la nada.

Esto permite a las GAFAM seguir siendo gratuitas y maximizar sus beneficios gracias a las enormes sumas de dinero que reciben a cambio de inundar a sus usuarios con anuncios publicitarios dirigidos… que, por lo tanto, pagan muy caro lo que reciben gratis. De ahí el dicho: si es gratis, es que tú eres el producto… TikTok ha dado recientemente (en 2024) un paso adelante al permitir que los influencers vendan directamente los productos que recomiendan a través de varias herramientas integradas en la plataforma. Este mercado, conocido como «live shopping», está en plena expansión. Actualmente asciende a 15000 millones de dólares y se prevé que alcance la colosal cifra de 150 000 millones de dólares en diez años.

En las redes sociales y las plataformas, la atención se mantiene despierta gracias a algoritmos de recomendación que proponen constantemente nuevas páginas seleccionadas en función de las características del contenido que capta más eficazmente la atención de los usuarios y maximiza su compromiso de forma continua. Como estos algoritmos, bien informados, «saben» que ciertos temas, como los conflictos, el miedo o la sexualidad, atraen irresistiblemente su atención, pueden seleccionar contenidos adaptados a un usuario determinado teniendo en cuenta por sus características (temas, fuente, emociones transmitidas, etc.) y su adecuación al perfil del usuario (intereses, inclinaciones, comportamiento anterior, etc.).

Sin embargo, uno de los efectos importantes de los algoritmos de recomendación es que tienden a encerrar a los usuarios en un espacio informativo acorde con sus gustos y creencias. De este modo, se ven rápidamente encerrados en una «burbuja de filtro» que los confina en una «zona de confort cognitivo» y activa lo que en psicología social se denomina «sesgo de confirmación», es decir, un mecanismo cognitivo que consiste en privilegiar la información que confirma las ideas preconcebidas o las hipótesis[14]. Cuanto más se active este mecanismo, menos peso se dará a las hipótesis y la información que vayan en contra de sus ideas, lo que se traducirá en una reticencia a cambiar de opinión que puede llegar hasta encerrar en sus certezas. Esta amplificación algorítmica puede convertirse en un potente motor de radicalización y polarización de opiniones, lo que en algunos casos conduce a ideas tan obsesivas que pueden desatarse contra quienes no las comparten.

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Podríamos llamar a este fenómeno «bubble-ización» (encerramiento en una burbuja), lo que corresponde, en la era de la virtualización de las relaciones sociales, a lo que Sade antes denominaba «aislacionismo» (soledad radical del ser, ausencia de simpatía hacia el otro). Esta burbuja puede crearse de forma individual (en soledad) o colectiva. Como su resultado aparecen «guetos de iguales», es decir, la formación de grupos en Internet que comparten ferozmente el mismo carácter, a menudo único, esgrimido contra otros grupos que exhiben y reivindican otro rasgo, creando todos juntos un bullicio altamente cacofónico. De este modo, se prescinde de hablar (entre sí) siguiendo un discurso construido y argumentado, cada uno por turno, y se esgrime un rasgo que se supone certifica su identidad.

Esto contribuyó a la destrucción de las dos grandes modalidades de acceso a lo simbólico en general y al discurso en particular: la subjetivación y la socialización.

Se ha producido una desubjetivación porque esto ha destruido el proceso (revelado por Freud) de formación de la identidad a partir de identificaciones, según lo cual el sujeto se apropiaba, consciente o inconscientemente, de rasgos procedentes de figuras parentales y modelos sociales. En resumen, se ha actuado aquí como si la identidad pudiera proceder de rasgos propios[15]. Sin embargo, pensar en la identidad en estos términos era ponerla realmente en peligro. Una tarea que el wokismo y el trumpismo, perfectos enemigos acérrimos, se repartieron alegremente. El neoliberalismo woke «de izquierdas» apoyó una política de identidades indigentes en la que cada uno ha sido invitado a alabar su carácter biológico (hombre/mujer), de género y de elección sexual (heterosexual/homosexual/trans/neofeminista) o racial (negro/blanco) … Y la alt-right nacional-capitalista promovió una política de identidad inconsistente que empujó a cada uno a reivindicar un rasgo nacionalista (supremacista blanco/neonazi/francés de origen…), religioso (cristiano evangélico/supremacista judío…) o sexista (masculinista/incel…).

Y se produjo una desocialización, puesto que contribuyó a la atomización del vínculo social.

De hecho, nos encontramos con una gran cantidad de grupos similares, cada uno con su propio meme, es decir, una imagen o un vídeo (con intención satírica o humorística, pero en la mayoría de los casos muy infantil) que se supone «resume» o «expresa» «su» rasgo[16].

Esta reducción del ámbito subjetivo y esta dislocación del ámbito social, deseadas y programadas, han dado lugar a la multiplicación de los fenómenos de odio en línea. Aquí es donde suele intervenir la difusión, mediante algoritmos de recomendación, de información falsa que favorece la propagación de sesgos cognitivos que encierran cada vez más a cada grupo en su pequeña burbuja de odio. En su excelente estudio sobre el «mercado de la atención» y sus mecanismos, Franck Michel y Fabien Gandon precisan el efecto producido:

Las noticias falsas suelen estar destinadas a provocar emociones negativas intensas, y la combinación con sesgos cognitivos y algoritmos de recomendación les proporciona un terreno especialmente fértil y una eficacia cognitiva formidable. Algunos estudios señalan que el hecho de que las noticias falsas estén sesgadas negativamente refuerza la propensión de los usuarios a compartirlas y revelan una correlación positiva entre la viralidad de las noticias falsas y la ira que vehiculan […]. Otros estudios han demostrado que los algoritmos de recomendación tienden mecánicamente a favorecer la información falsa que transmite ideas divisionistas, acontecimientos impactantes y emociones negativas[17].

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Las redes sociales como nueva escuela de la perversión He aquí un fenómeno extraordinariamente extraño y muy perverso: 1) el mercado de la atención difunde contenidos negativos para atrapar al usuario, que podrá disfrutarlos y reaccionar ante ellos para demostrar su supuesta buena moral; 2) los algoritmos de recomendación lo irán encerrando progresivamente en certezas que defenderá de forma cada vez más agresiva y violenta hacia los demás.

Encontramos aquí correlacionados, los dos placeres que pueden apoderarse del usuario del smartphone ante contenidos violentos: el que siente como perverso disfrutando de la violencia y el que experimenta como neurótico mostrando su reprobación moral. Las redes sociales han devenido diestras en el uso de la disociación para llevarla a nuevas consecuencias, las del control masivo de los neuróticos: se trata de hacerlos creer que están transgrediendo, cuando en realidad obedecen a algoritmos que solo pretenden convertirlos en esclavos.

Es cierto que los textos contenían violencia. Pero disfrutar leyendo un texto violento (el de Sade, por ejemplo) y disfrutar mirando la pantalla producen efectos muy diferentes. Porque el mundo del texto (que pertenece a la «logosfera») no es el mismo que el de la imagen (o «videosfera»).

El texto se articula en varios niveles. He contado cuatro. El de la unidad elemental, del orden del sonido, que remite al fonema. El de la significación, de orden semiótico que interviene en el morfema. El de la significación que se refiere a la frase. Y, por último, el que remite al relato, de orden mitológico, que se basa en lo que Lévi-Strauss aisló bajo el nombre de mitema, unidad mínima del relato[18]. Esta articulación múltiple es el soporte de lo que Umberto Eco ha denominado la fábula, esa extraordinaria capacidad del ser humano para ver, fabular, generar ficción, es decir, imágenes mentales, a partir de textos orales o escritos[19].

Esto no suele ocurrirle al usuario del smartphone, ya que la imagen violenta que recibe no es producida por su cerebro ni articulada. En el mejor de los casos, se trata de un flujo que se le impone y que acecha su aparato psíquico hasta tal punto que puede convocarlo a pasar al acto…

Este flujo excita el fantasma hasta el punto de empujar al sujeto a actuar para disfrutar de inmediato, incluso de lo que reprobaba, lo cual constituye el colmo de la alienación[20].

Muchos de estos sujetos alimentados con imágenes violentas prefieren, además, permanecer en ese mundo virtual antes que pasar al mundo real. Por eso, como señalaba en la página 244 al repasar las estadísticas actuales, hoy en día hay cada vez más hombres jóvenes que viven en pareja (más del 50 %) y prefieren ver vídeos pornográficos en lugar de tener relaciones sexuales con su pareja, lo cual es normal: son mucho más «libres» (sin límites) y así es como (a través de los sitios web pornográficos) se han formado en una sexualidad virtual desde una edad temprana, generalmente desde la pubertad[21].

Para muchos, se ha vuelto imposible tener una erección o eyacular sin una pantalla. Pero tal vez sea mejor así, porque si salieran de la sexualidad virtual, se expondrían a hacer daño a su pareja. Sin embargo, solo es el principio: se alcanzará un nuevo umbral cuando, en las plataformas pornográficas, se pueda modificar el aspecto de los protagonistas gracias a la IA para adaptarlos a todos los deseos.

Creo que Sade habría estado muy contento e interesado en este proceso. He destacado en varias ocasiones su faceta pedagógica: presenta a sus héroes, ya desde el título de varios de sus libros, como maestros o educadores en perversión. ¿Y qué vemos aquí? Que el mercado de la atención es capaz de transformar, en un plazo razonable, a valientes neuróticos preocupados por exhibir su virtud en pervertidos sádicos que atacan con mayor o menor ferocidad a los demás. El usuario sensato del principio, que hace clic con repugnancia en contenidos violentos, al final del proceso habrá entrado como uno de los agentes en redes que utilizan la violencia en línea.

Aquí está la bomba de la perversión social, muy bien iniciada, ya que estos exneuróticos convertidos en neoperversos publicarán contenidos que irritarán a nuevos usuarios neuróticos que, a su vez, pronto entrarán en los procesos de adicción que conducen a la violencia contra los demás… ad libitum.

Así es como los pequeños arroyos forman grandes ríos. Y cómo personas que antes eran buenas, por ejemplo, en Estados Unidos, guiadas por los perversos algoritmos de las redes, asaltarán el Capitolio en Washington D.C. el 6 de enero de 2021, o la Plaza de los Tres Poderes en Brasilia el 8 de enero de 2023. Aquí tocamos una cuestión clave: la gobernanza de las sociedades neoliberales actuales basada en algoritmos que permiten explotar la dinámica emocional de las poblaciones gobernadas para ser redirigidas hacia focos de odio diversos y múltiples.

Digo «ex-buena gente» porque se trata de usuarios que quizás se hayan dejado atrapar por contenidos violentos, pero que también han mordido el anzuelo de la virtud para presentarse como indignados por esos contenidos, la mayoría de las veces inventados para satisfacer las necesidades de la causa.

¿Pero cuál es la causa? Para saberlo, basta con leer los ejemplos presentados y analizados por Olivier Mannoni en su último ensayo, Coulée brune. Comment le fascisme inonde notre langue (La avalancha marrón. Cómo el fascismo inunda nuestra lengua). He aquí uno de ellos, entre otros:

El 24 de noviembre de 2024, una cuenta «antivacunas» difunde, bajo la pregunta «¿Ha visto alguna vez este formulario?», un pseudoformulario CERFA [siglas que designan los formularios administrativos oficiales] titulado «Declaración de decisión de eutanasia», una burda parodia que pregunta al «futuro difunto» qué órganos acepta donar y cuál es su preferencia para poner fin a su vida, entre la inyección letal, la interrupción de la alimentación por vía intravenosa, la silla eléctrica o los explosivos (¡sic!). Sin embargo, hay muchos lectores que expresan su indignación (una vez más…) y denuncian al Estado asesino que permite tales extremos[22].

Por lo tanto, además de atrapar a los usuarios con buenas intenciones, se trata de atraparlos en un pseudodiscurso en el que el conocimiento, la información, la lógica y la argumentación se rechazan en favor del rumor, el insulto, los «hechos alternativos» a menudo delirantes y los eslóganes tan definitivos como estúpidos. La desestabilización mental y el brain hacking van, por tanto, de la mano de la propagación de la confusión. En otras palabras, lo que finalmente se ataca y se alcanza es el logos, soporte del lenguaje común, que es el único que permite ejercer la democracia (a través del diálogo argumentado).

Ese era también el objetivo de Goebbels entre 1933 y 1945, y aquí lo vemos revisado y corregido por la tecnología digital: miente, alucina, siempre quedará algo. Se entiende el mecanismo: si hay que decir y mostrar lo que no es, es para provocar la indignación, de modo que los valientes ciudadanos, perdidos y desorientados, recurran al hombre providencial, al Líder, pues solo él, sabrá restablecer el orden y salvar a la gloriosa Patria de la ignominia. Es precisamente esta estrategia la que ha sido retomada y desarrollada por Steve Bannon, el hombre de las tareas sucias mediáticas y digitales de Trump. ¿No decía él, con la elegancia que le caracteriza, que había que «flood the zone with shit» («inundar la zona [de comunicación] con mierda», véase Bloomberg, 25 de septiembre de 2018)?

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A continuación, presento una pequeña lista, no exhaustiva, de las formas de violencia en línea que se difunden a través de las redes sociales. Son múltiples, pero todas ellas están relacionadas con el odio hacia el otro, característico de la pasión sádica:

  • Discursos de odio: ataques verbales directos y virulentos, a menudo proferidos en forma de insultos o difamaciones;
  • Acoso en línea: serie de mensajes o comportamientos odiosos y amenazantes enviados a una persona o grupo de personas con el fin de intimidarlas, humillarlas o asustarlas. El acoso en línea puede adoptar diferentes formas, como el envío de mensajes de odio, spam, fotos o vídeos amenazantes, el «doxing» o divulgación de datos privados (número de teléfono, domicilio…) o incluso la creación de sitios web o perfiles en línea falsos.
  • El ciberacoso: insultos, amenazas, burlas, pseudo-revelaciones sobre uno o varios hechos pasados o difusión de rumores.
  • El discurso discriminatorio: comentarios que tienen por objeto denigrar o excluir a una persona o a un grupo de personas por sus opiniones, su origen, su religión, su orientación sexual, su género, su discapacidad, etc. El discurso discriminatorio puede manifestarse en diferentes contextos en línea, como foros, comentarios en redes sociales o blogs;
  • Amenazas de violencia: mensajes o comportamientos que tienen por objeto intimidar o atemorizar a una persona o a un grupo de personas profiriendo amenazas de violencia física;
  • Compartir contenidos que incitan al odio: difundir contenidos que incitan al odio, como imágenes, vídeos o textos, en redes sociales u otras plataformas en línea.
  • La difusión de noticias falsas: noticias falsas políticas, sobre terrorismo, catástrofes naturales, ciencia, leyendas urbanas (rumores) o información financiera.

Este efecto «bola de nieve» o «reacción en cadena» de la perversión en Internet se observa claramente en lo que se ha denominado el caso de la «Liga del LOL». «LOL» es el acrónimo inglés de Laughing Out Loud («reírse a carcajadas») y, en la jerga de Internet, designa cualquier tipo de comunicación por Internet o SMS cuyo objetivo es reírse, aunque sea de forma grosera. David Doucet relata en La Haine en ligne el recorrido que le llevó desde su participación en esta liga (compuesta por un grupo informal de periodistas parisinos activos en Twitter y Facebook) hasta su total ostracismo mediático y profesional. Hacia 2009, comienza a intercambiar con sus colegas LOL, es decir, burlas, chistes y montajes fotográficos contra diversas personas que consideran fuera de lugar. Podemos imaginar que cuanto más «estúpida y maliciosa» era su broma, más inteligente se sentía, hasta el segundo o incluso tercer grado, lo que bien merecía una pequeña dosis de dopamina. Y así sucesivamente. Hasta que, hacia 2019, se vio envuelto en una enorme reacción violenta que castigó sus LOL pasados y fue víctima de un linchamiento mediático a gran escala que lo llevó a una situación de muerte profesional y social:

Es una condena sin apelación. Una marca indeleble que se te pega al cuerpo y que hace imprescriptibles los rumores y las acusaciones formuladas contra ti. Esta pena es la muerte social. Es pronunciada por multitudes en ebullición cuyo sentimiento de indignación, fingido o real, desemboca en un implacable impulso vengativo […]. No hay que perder nunca de vista que este odio en línea es nuestro propio odio[23].

Esta última frase es muy interesante: es la pasión sádica que habita en cada uno de nosotros lo que las redes explotan para transformarla en odio hacia todos en línea. En otras palabras, las redes están diseñadas para favorecer la generación perversa.

Moraleja: si te metes en el engranaje, aunque sea suavemente, tu cerebro será hackeado y te encontrarás obligado a gritar tus verdades idiotas contra los demás, hasta el punto de querer matarlos.

Traducción no revisada por el autor. Responsable: Aída Sotelo.


[1] Jacques Lacan, Le Séminaire, livre XVI, D’un Autre à l’autre (1969‑1970), Seuil, Paris, 2006, p. 11.

[2] Nota de traducción: “Sobrino político”, hijo de un hermano de Martha Bernays, la esposa de Freud.

[3] Michael Stora es uno de los pocos psicoanalistas franceses que ha analizado la forma en que las redes sociales moldean la identidad y las relaciones interpersonales. También ha desarrollado métodos terapéuticos que integran herramientas digitales. Véase Réseaux (a)sociaux: découvrez le côté obscur des algorithmes, Larousse, París, 2021.

Por supuesto, también hay que mencionar los trabajos del filósofo Bernard Stiegler (1952-2020) quien, aunque no era psicoanalista, a menudo utilizaba conceptos freudianos para mostrar que el uso de las redes sociales podía conducir a una forma de alienación en la que los individuos perdían su capacidad de concentrarse profundamente, de pensar de forma crítica y de desarrollar su propio pensamiento. Esto les lleva a una desindividuación, en la medida en que se convierten en consumidores pasivos y reactivos en lugar de actores autónomos y creativos. Véase uno de sus últimos ensayos, La Société automatique – 1. L’avenir du travail, Fayard, París, 2015.

Aprovecho esta referencia a Bernard Stiegler para rendirle homenaje, ya que él, como pocos, se atrevió a explorar el corazón de las relaciones humanas actuales. Lo conocí lo suficientemente bien como para saber que descubrió manipulaciones que lo sumieron en una depresión incurable. Lo que tiende a demostrar que filosofar de verdad puede ser un ejercicio peligroso.

[4] Sé bien que, en algunos casos, las redes pueden resultar útiles, por ejemplo, cuando sirven para difundir recetas de la abuela que corren el riesgo de caer en el olvido o cuando, en una revolución popular, permiten coordinar a los insurgentes para expulsar al tirano. Es cierto que puede haber usos altruistas de las redes, pero solo pueden ser marginales, ya que se utilizan principalmente para fines mercantiles y para ampliar el propio dominio propagando el odio hacia el otro. Para que resulten útiles, deberían, como mínimo, estar reguladas, pero la tendencia es hacia la libertad de expresión (sin ninguna moderación). Esto agrava su nocividad (véase más adelante lo relativo a 4chan, promovido como modelo de X, por su propietario, Elon Musk).

[5] Los directivos ante el cambio, ediciones del Huitième Jour, París, 2004. Prólogo de Ernest-Antoine Seillière, antiguo presidente de los empresarios franceses reunidos en el Movimiento de Empresas de Francia (MEDEF), p. 92.

[6] Stuart Soroka, Patrick Fournier y Lilach Nir, «Cross-national evidence of a negativity bias in psychophysiological reactions to news», en Proceedings of the National Academy of Sciences 116.38 (2019), p. 18888-18892. DOI: 10.1073/pnas.1908369116.

[7] Susann Kohout, Sanne Kruikemeier y Bert N. Bakker, «May I have your Attention, please? An eye tracking study on emotional social media comments» (¿Me prestan atención, por favor? Un estudio de seguimiento ocular sobre comentarios emocionales en redes sociales), en Computers in Human Behavior, 139 (2023), p. 107495. DOI:10.1016/j. chb.2022

[8] La clínica psiquiátrica denominó en 1886, bajo la égida de Pierre Janet, «disociación» y, posteriormente, en 1938, a instancias de Sigmund Freud, Spaltung («división») al hecho de que una parte del sujeto se esfuerza por ignorar lo que siente la otra. Se trata de un objetivo adaptativo: el sujeto se esfuerza por mantener la cordura en un contexto de locura social o política… hasta volverse loco (es decir, totalmente disociado).

[9] Gérald Bronner, Apocalypse cognitive, PUF, Paris, 2021, « La lutte des clashs », p. 62 et sq.

[10] Paul Lewis, « “Our minds can be hijacked”: the tech insiders who fear a smartphone dystopia », in The Guardian du 6 octobre 2017.

[11] Recuerdo que Mandeville, en sus Investigaciones sobre los orígenes de la virtud moral (1714), defendió una nueva concepción del vínculo social que permitió el desarrollo del capitalismo moderno. Anteriormente, bajo el Antiguo Régimen, era necesario el yugo para que los hombres se mantuvieran tranquilos. Pero, tras la revolución inglesa de 1688, que sentó las bases de la democracia, Mandeville abogó por emplear la astucia. Para mantener a los hombres a raya, propuso pagarles con una recompensa imaginaria, la adulación, que no cuesta nada (salvo unas pocas palabras) y les proporciona el placer de aparecer ante los ojos de los demás como lo que no son, es decir, hombres virtuosos. Esto constituía para Mandeville la esencia de la política. Tres siglos y mucha ingeniería informática social después, seguimos en el mismo punto, incluso más que nunca. He analizado este texto fundacional, pero poco conocido, de Mandeville en Dany-Robert Dufour, Baise ton prochain, Actes Sud, París, 2019.

[12] Tristan Harris, How Technology is Hijacking Your Mind – from a Magician and Google Design Ethicist, 2016, https://medium.com/thrive‑global/how‑technology‑hijacks‑peoples‑minds‑from‑a‑magician‑and‑google‑s‑de-sign‑ethicist‑56d62ef5edf3

[13] Tristan Harris, How Technology is Hijacking Your Mind, op. cit

[14] Eli Pariser, The Filter Bubble: How the New Personalized Web Is Changing What We Read and How We Think, Penguin, Londres, 2011.

[15] Marilia Amorim aborda esta cuestión como filósofa del lenguaje en su artículo «Pas d’identité sans altérité – Le point de vue de la philosophie du langage» (No hay identidad sin alteridad: el punto de vista de la filosofía del lenguaje), publicado en el Journal du Mauss el 24 de noviembre de 2022: www.journaldumauss.net/?Pas‑d‑identite‑sans‑alterite.

[16] Para darse cuenta de este carácter infantil, basta con ver dos de los muchos memes que circulan por las redes sociales, el de los incels (https://virgin-vs-chad. fandom.com/wiki/Incel) y el de los evangélicos

(https://x.com/cursedhat/status/1925764618200183147).

[17] Franck Michel y Fabien Gandon, «Presten atención: un llamado a reglamentar el funcionamiento de la atención y a prevenir la gobernanza emocional del algoritmo» (2024), INRIA/CNRS/Université, https://hal. science/hal‑04758276v1/file/Pay_Attention_ACL_arXiv_ % 28fr % 29.pdf

[18] Una parte de mis análisis en filosofía de la educación se ha centrado en el acceso a la función simbólica a partir de la relación del sujeto con el texto y las imágenes, tanto las procedentes del arte como de la televisión y los teléfonos móviles. Algunos de estos artículos se publicaron en la revista Le Débat de noviembre-diciembre de 2004, titulada «L’enfant-problème » (Gallimard), y posteriormente se recopilaron en «Télévision, socialisation, subjectivation – Le rôle du troisième parent», en Dominique Ottavi y Dany-Robert Dufour, L’Enfant face aux médias, Fabert, París, 2011. Ahora están disponibles en http://www.dany-robert-dufour.fr/?p=559

[19] Umberto Eco, Lector in fabula, Grasset, Paris, 1985.

[20] El día en que escribo estas líneas (13 de febrero de 2025), me entero de que un joven de 23 años ha confesado haber matado, cuatro días antes, en Longjumeau (Essonne), a una niña de 11 años, Louise. El joven, hijo de buena familia (su padre es banquero y su madre directora de recursos humanos de una prestigiosa institución cultural parisina), adicto a los videojuegos y las redes sociales, explicó que había matado a la niña para «calmarse» después de salir «muy enfadado» de su casa, tras «una discusión con un jugador en línea» durante una partida de Fortnite (Fortnite Battle Royale es un videojuego en el que hasta 100 jugadores luchan entre sí hasta que solo queda uno vivo).

[21] Según una encuesta del Ifop publicada en 2023, alrededor del 82 % de los jóvenes franceses han visto pornografía antes de los 18 años y el 27 % antes de los 12 (véase www.ifop.com/publication/les-francaises-et-la-pornographie-a-lheure-de-la-restriction-des-conditions-dacces-aux-sites-x/).

[22] Cf. Olivier Mannoni, Coulée brune. Comment le fascisme inonde notre langue, Éditions Héloïse d’Ormesson, Paris, 2024, p. 71

Olivier Mannoni sabe de lo que habla: es traductor de alemán, especializado en textos sobre el Tercer Reich y autor de Traduire Hitler (Traducir a Hitler), Éditions Héloïse d’Ormesson, Paris, 2022.

[23] He yuxtapuesto aquí la primera y la penúltima frase del libro de David Doucet, La Haine en ligne, Albin Michel, París, 2020.

El castillo del marqués de Sade en Lacoste, construido en una de las estribaciones del macizo de Luberon, saqueado e incendiado durante la Revolución Francesa y luego vendido. cf. Wikipedia.

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