
¿Queremos aún vivir juntos?
Pierre-Henri Tavoillot
Pierre-Henri Tavoillot es conferencista en filosofía en la facultad de letras de la Sorbonne Université, presidente del Collège de filosofía y codirector de la colección «Nuevo colegio de filosofía» en Grasset. Este fragmento es de su último libro «Voulons-nous encore vivre ensemble?» (Odile Jacob, 2024).
[Esta traducción no ha sido revisada por el autor. Responsable Aída Sotelo.]
INTRODUCCIÓN
Con la crisis Covid-19, la población de nuestro planeta ha compartido una experiencia inédita: la de una vida suspendida. Ciertamente, todo el mundo no vivió el evento de la misma forma. Hubo aislados, expuestos, desplazados, movilizados, encerrados, aliviados, fragilizados, desesperados, y también, desafortunadamente, fallecidos. Sin embargo, más allá de esas diferencias, la exigencia de «distanciación social» impuso en todas partes un gigantesco punto de interrogación sobre las relaciones humanas. Suspensión en griego antiguo se dice Epochè, lo cual hace época, es decir un intervalo de un tiempo limitado por dos rupturas. El término vale también para el espíritu cuando hay que «suspender» el juicio el tiempo de reflexionar, entre la aparición de un problema y la elaboración de una solución. Podemos decir que la crisis Covid hizo época en ese doble sentido: a la vez, como ruptura temporal y como fractura espiritual. Con ella, la sombra de una duda surgió de pronto sobre nuestra existencia colectiva: ¿vale verdaderamente la pena esta vida común? En el fondo, ¿queremos aún vivir juntos?
Es cierto que muchos se habían hecho esta pregunta en un rincón de su mente, cuando, al menos para occidente, contemplaban la extrañeza de nuestras «sociedades de individuos». Cuando notaban el aumento del aislamiento, la extensión del egoísmo, los conflictos en las relaciones, el encierro identitario, la compartimentación territorial, la renovación de una violencia desinhibida, el gusto por el disturbio, el resurgimiento de odios olvidados, la banalización de los atentados, y también, la aproximación del soplo atroz de la guerra y de las masacres.
En efecto, desde 2020, todo eso se ha acelerado. Las nubes se han transformado en tormentas, en tempestades, a veces en ciclones. Pero, ya había en el corazón de la crisis Covid fisuras que nacían. Fue el revelador de la fragilidad de los lazos. Cada uno pudo entonces preguntarse si había perdido o ganado, aquello que verdaderamente lo sostenía. Y luego en Europa se levantó el espíritu crítico. Se ha cuestionado el propio trabajo, en ocasiones para dejarlo; se ha interrogado lo relacional, en ocasiones para organizarlo, se reflexionó sobre el propio lugar de habitación, en ocasiones para cambiarlo; se ha meditado sobre lo esencial y lo superfluo, a veces para invertirlos.
A partir de allí, ya sea para comer, moverse, hablar, votar, trabajar, conducir, acostarse, habitar … algunos han llegado a preguntarse si la parte de los otros era tan indispensable. En el fondo, la vida común no es tan obvia, como si hubiera perdido su evidencia y su inocencia. ¿Vivir con otro? Desde entonces ¡esto exige reflexión!
Otras tantas nuevas posibilidades se nos ofrecen. Ahora, uno puede habitar solo sin temer a la reprobación social, tele-trabajar sin pérdida de salario, ordenar compañeros amorosos sin lo aleatorio de la seducción ni las agonías del compromiso, incluso de la sexualidad. Se pueden recibir las compras y comidas sin salir de casa, llenarse de emociones sentado delante de su pantalla, tener montones de amigos virtuales sin el hastío del lazo real, indignarse con ellos sin el riesgo de la contradicción, renunciar a procrear para salvar el planeta o preservar su libertad, a menos que se prefiera el animal de compañía, a penas menos obligante que un niño… ¿Tal existencia que tendría antaño todos los rasgos de la depresión no estaría en trance de devenir el estado normal, remitiendo la vida anterior — la de la pareja, de la familia, del trabajo, de la sociabilidad, de la convivialidad, de la ciudadanía…— a una patología desueta? Tal es la primera tentación que nos aleja de la vida común: la del repliegue, de la decepción, del retiro, de lo virtual o del ombligo.
A ese deseo de la isla se añade, de otro lado, la atracción del campo de batalla. A falta de aplanar todo, ¿habrá que romperlo todo? Esa es la segunda seducción; la de la guerra civil, la cual nos hace volver a otras, pero para descoserlas: identidad contra identidad, comunidad contra colectivo, opinión contra convicción, cólera contra error, creencia contra fe, verdad contra verdad alternativa, raizal contra privilegiado blanco, sexo contra género, juventud woke contra boomers out[1], cultura contra civilización, fundamentalismo contra laicidad… Esta lucha de las clases se alimenta de la indignación individual convertida —extrañamente— en una virtud, incluso la virtud cívica por excelencia. Mientras que el ideal del ciudadano era aquel que, tomando parte de la vida de la ciudad, ponía de lado sus preferencias personales para pensar en el interés general, llega hoy el que se resiste a las reglas comunes en nombre de sus pasiones privadas, el que reclama sus derechos escupiendo sobre la ley.
Incómoda evolución, de la cual fue marcador histórico el éxito del libro de Stéphane Hessel, «¡Indignaos!» (2011). Más allá de su placa demagógica (era mi opinión), sin embargo, revelaba que los ciudadanos, confrontados a la impotencia pública, ¡no tenían más que la indignación para sentir que reaccionaban! El voto, el debate, el partido, las instituciones, la búsqueda de acuerdos, la aceptación del desacuerdo… todo eso parecía vano desde entonces. La promesa democrática de un control del pueblo sobre su destino es traicionada: solo le resta ofuscarse… protestar, combatir, incluso si es el caso reincidir, por la violencia, puesto que siempre son los otros los que comenzaron.
¿Vivir solo o ir a la guerra? ¿Malhumorado o querellante? ¿Separatista o belicista? Esas dos opciones concurrentes de la vida común se reúnen, primero en una misma desconfianza del otro… El semejante deviene el ser que, para hacerlo soportable, se deja o se elimina. Cohabitar ya no es una opción. Es muy paradójico, al menos en apariencia, pues nadamos en relajantes discursos sobre el vivir-juntos y la sociedad de la inclusión.
Pero, los vivir-juntistas y los inclusivistas, que van ciertamente viento en popa, son implacables con cualquiera que no comparta sus fronteras del grupo o sus modalidades de inclusión. Cuando haya desacuerdo, objeción o incluso llamado al matiz, esos rostros tan cordiales y tolerantes toman de repente la máscara del odio y de la excomunión.
A decir verdad, el vivir-juntos jamás es un problema — llegamos ahí sin dolor codo a codo o cara a cara. El verdadero desafío es el de la vida común que exige que uno renuncie a un poco de sí para vivir con quienes no son como uno.
La sociedad jamás ha sido más abierta y acogedora de las «diferencias», jamás ha sido tan encarnizada la caza a la discriminación. No se trata solo de la «paradoja de Tocqueville» quien notaba que en la era de la igualdad la menor jerarquía deviene insoportable. Se trata sobre todo de una cuestión existencial: todo ocurre como si desenterrar y denunciar una injusticia se hubiera convertido en la condición sine qua non para sentirse a sí mismo existir. ¿Indignarse o deprimirse?, en el fondo tal sería el dilema.
Revela que, en la vida común hay una profunda incertidumbre existencial, individual y colectiva. Ese es el corazón del problema. El rechazo de la alteridad, bajo la cubierta de inclusión, es fruto de una honda mala consciencia: ¿cómo aceptar al semejante cuando nos detestamos? Para amar al próximo como a sí mismo, también hay que amarse un poco.
Entonces, ¿qué se entiende hoy sobre nuestro bello país? Francia es patriarcal, racista, indiferente al destino del planeta, desigual, islamófoba, homófoba, transfóbica, grosófoba, anti-joven y olvida a los viejos, judicialmente laxa pero, políticamente liberticida, hiper-moralizadora pero éticamente extraviada; nivela por lo bajo, pero, elitista por lo alto, ultra-individualista, pero tentada por todos los comunitarismos, tetanizada por los miedos, pero, lista a todas las audacias para defender sus adquisiciones sociales; corajuda para su confort, pero, miedosa para su porvenir; decadente a fuerza de ceder a la sirenas del progresismo; llena de grandeza pasada, pero infiel a su destino y traidora de su identidad.
Creo haber rodeado así la izquierda y la derecha, el discurso del auto-detestar que es tan poderoso en nuestro país. Cierto, tiene la ventaja de la auto-reflexión, incluso de la autocrítica, que son sanas en dosis razonables; pero desbordan los límites cuando hacen correr el riesgo de la autodestrucción. El espíritu crítico debería interrogarse cuando deviene crítico del espíritu. Esa es la cara oculta del individualismo contemporáneo: denuncia en él la «cultura del narcisismo», lo que no es falso, pero sin ver siempre que se acompaña de una formidable decepción. Este individuo, que ya no tiene más elección que ser libre, debe velar siempre por ser sí mismo, y nunca dejar de hacerlo mejor. Libertad, autenticidad y desempeño abren así tres abismos insondables de su existencia imposible.
Nunca se realizará plenamente la libertad sin antes que nada elegir la vida común; jamás se accederá a la profundidad última de su autenticidad; jamás se alcanzará la altura del desempeño requerido. ¿Cómo entonces sería posible amarse? La tentación es soledad, seducción de la guerra civil, rechazo de la alteridad, odio de sí: tales son, creo, los cuatro ingredientes de nuestra crisis de lo común. Todavía no es superable, pues veamos a nuestro alrededor: aspirar a lo colectivo no ha desaparecido; se desea el desarrollo perdurable de la pareja; las familias amantes; la amistad que perdura; el amor como un horizonte esperado; el compromiso asociativo no se extenúa; la generosidad tiende a aumentar; lo intergeneracional hace plebiscito. Vayamos más lejos: existen todavía fábricas u oficinas donde se charla; sucede que algunos medios organizan debates matizados y respetuosos; aún hay fiestas en los pueblos; bellezas de la naturaleza o de las que solo se disfruta compartidas, solidaridades potentes en los momentos dramáticos; bellas comuniones colectivas… ¿Serán las últimas reliquias de una convivialidad condenada o los pilares robustos de nuestra sociabilidad futura?
El 5 de abril de 2020, en medio de la crisis Covid, la reina Elisabeth II supo emocionar al mundo en una famosa alocución. Terminó su planteamiento con estas palabras: «Deberíamos consolarnos pensando que, incluso si nos queda mucho por soportar todavía, días mejores volverán: estaremos de nuevo con nuestros amigos, con nuestras familias, nos reencontraremos». Ese We’ll meet again, alusión a una famosa canción de Vera Lyn, produjo un efecto de comunión mucho más allá del Reino Unido. Entonces, sí lo creo, todavía queremos vivir juntos, pero, el problema que es que ya no sabemos realmente ni por qué ni cómo ni con quien. Y esas preguntas irresueltas son las que dejan flotar hoy la sombra de una duda sobre nuestra vida en común.
¿Por qué? Porque a falta de respuestas disponibles, esas dudas terminan por devenir nuestra clave de lectura espontánea de la sociedad. Resultamos como aspirados por los escenarios depresivos o guerreros. Repliegue sobre sí, dictadura de las identidades, glorioso aislamiento, desobediencia civil de un lado; y, del otro, lucha de clases, guerra de sexos, conflicto entre generaciones, lucha de razas, choque de civilizaciones: es así como desde ahora leemos lo común. Mientras que la paz reina, no cesamos de inventar guerras en riesgo de declararse. Mientras que los lazos se relajan, nos empecinamos en denigrarlos a riesgo de aislamiento. No es así como podemos vivir juntos; no es así como vivimos realmente en común. Pues otro escenario de nuestra vida colectiva no solamente es posible, sino, más justa que el del repliegue total o del conflicto general. Quien lo libra va tratará de recoger: vivimos en común para crecer juntos. Tenemos ahí a la vez de un desafío y un horizonte. Un desafío, pues no es fácil de realizar; un horizonte, como portador de sentido.
Ese libro reúne varios «ensayos de filosofía de la convivialidad», es decir de reflexión sobre todas las dimensiones de la vida común. En la primera parte, intento relevar el desafío del sentido de la vida común proponiendo respuesta a esas tres preguntas tan simples como enormes: o sea vivir juntos, pero, ¿por qué?, ¿cómo? y ¿con quién? No tengo la ambición de inventar esas respuestas, sino sólo formularlas. Porque me parece que ellas no ya no llegan hoy a encontrar ni sus palabras ni sus ideas, que se volvieron inaudibles por relatos concurrentes sobre la imposibilidad de la vida común.
Este impase es el objeto de la segunda parte, que explora lo que tiende a separarnos cada vez más. En primer lugar, la tentación de repliegue ya sea depresivo por soledad o triunfante por narcisismo. Refugio en un ego, ya muy vacío o demasiado pleno, ubica a la sociedad en gran peligro de fracturar el Yo/Nosotros. Pero, si bien no hay que minimizar los efectos plurales del hiper-individualismo, también debemos constatar que su denuncia es parte del aire del tiempo, ¡prueba que no se han llevado todo!
El otro vector de desunión, es la extraña seducción del conflicto, que tiende a imponerse como la reja de lectura espontanea de la realidad social. Nos encarnizamos en ver guerras en todas partes — clases, sexos, generaciones, razas, civilizaciones — al punto de crear las condiciones favorables para su estallido.
Frente al repliegue y al conflicto, está lo que nos une. Este es el objeto de la tercera parte que examina los «siete pilares de la convivialidad» donde se juega, en lo cotidiano, la vida común: la comida, la sexualidad, la pareja, los niños, el trabajo, los debates y la religión. Ninguno es fútil, ninguno es superfluo para intentar dimensionar el estado real de nuestra aspiración colectiva.
La apuesta es que las fuerzas de destrucción, siempre más visibles, son compensadas por fuerzas, más discretas, pero más potentes, de reconstrucción. El balance sin embargo es delicado de establecer en tanto exige examinar ambos dominios que los sabios tienen cuidado de distinguir con rigor. Pero, la fragmentación de los saberes, indispensable para la precisión, sin embargo, no ayuda a pensar la unidad de la vida social cuando ella está en peligro.
El hilo conductor de esta última encuesta es simple: ¿llegamos a todos esos momentos que nos relacionan unos con otros, de la mañana a la noche y de la cuna a la tumba, a realizar lo que se parecería (al menos un poco) a una vida colectiva de adultos dispuestos? El ideal de la democracia nos obliga. ¿Estaremos a la altura de su grandeza?
II — LAS SEDUCCIONES DEL CONFLICTO: De cinco guerras civiles que no tendrían lugar
Lo único que lamento es no haber sabido reconciliar los huevos revueltos
Alphonse Allais
La diosa griega de la discordia se llama Eris. Hija de la Noche (Nix) y de padre desconocido, ella misma tuvo una descendencia bastante lúgubre. Hesiodo hace la lista: estaba Ponos (Pena), Lete (Olvido), Limos (Hambre), Algos (Dolor), Hysminai (Homicidios), Machai (Batallas), Fonoi (Homicidios), Androktasiai (Masacre), Neika (Disputes), Pseudea (Mentiras), Amfilogiai (Malentendido), Dysnomia (Anarquía), Horcos (Indisciplina), Até (Error). ¡A penas osamos imaginar el ambiente de la comida de familiar![2]
El título principal de gloria de Eris es estar en el origen de la guerra de Troya, por una razón que parece bastante fútil. De toda la flor y nata divina, ella fue la única no invitada al matrimonio de la diosa Thetis y el mortal Peleo padres de Aquiles. Se comprende un poco este «olvido»: ¿quién querría a la discordia en un matrimonio?
Loca de rabia, ella decide vengarse. Sobrevolando la boda, ella deja caer una manzana de oro recogida en el jardín de las Espérides sobre la cual tuvo el cuidado de escribir: «Para la más bella». Claro, todas las damas presentes, muy arregladas esa noche, estimaban que tenían un derecho irrefutable sobre ella. Luego de muchas querellas, solo quedaron Hera, Afrodita y Atenea quienes se presentaron ante Zeus para pedirle zanjar. Dado su malestar de elegir entre su mujer, su hermana y su hija les designó como árbitro a un joven y bello pastor, quien aún no sabía que era príncipe: Paris, hijo de Príamo, el rey de Troya. Cada una de las diosas le promete maravillas a cambio de su voto: la potencia soberana, la gloria militar, el amor de la más bella de las mortales. Y fue Afrodita quien obtuvo el sufragio, haciendo a Helena, la mujer de Menelao, loca de amor por Paris.
Este la arregla cuando fue anfitrión de aquel… y la guerra de Troya comenzó. Y con esta un relato fundador de nuestra civilización. Todas las historias comienzan mal en general.
Preliminair: El wokismo o la ideología de la discordia
No sólo los extremos se tocan, sino se continúan.
Una exageración produce siempre la exageración contraria.
Benjamin Constant
No comprendemos ya el mundo en el cual vivimos. No tanto porque sea más complejo que antes — el mundo siempre ha sido un desafío para el entendimiento— pero somosahora más sabios. No suficientemente, cierto, para medir la amplitud de nuestra ignorancia, aunque lo suficiente para forjarnos una visión del mundo. Simplemente, todas esas cosas que sabemos, ya no logramos ni clasificarlas ni ligarlas en relatos compartidos. Quienes habían hecho la prueba en el pasado dejaron de convencernos: las mitologías nos divierten, las religiones nos fascinan y las ideologías nos repugnan. En cuanto a la ciencia, ella no nos cuenta historias, y por fortuna prefiere la precisión de los hechos a la epopeya del sentido. Pero, la consecuencia es irritante: saturadas de multitud de datos y exactitudes de todo género, el sentido del mundo se borra: más dirección, más significación — con las cuales podríamos acordar las de nuestras vidas. Frente a ese desasosiego, es muy tentador recurrir a escenarios premasticados para reencontrar allí cierto confort intelectual. El complot o el fin del mundo son esquemas de ese tipo. Una causa o un fin único que explica todo. A falta de un Dios todo poderoso, vive el diabolus ex machina; a falta de un futuro radiante, vive la profecía de un futuro penoso. Estos son escenarios, ciertamente sumarios, pero, muy reconfortantes para el espíritu en lugar de ser para nuestras existencias. Al menos, vemos claro y sin estar tranquilos se llega a leer el mundo, gracias a esas gafas oscuras. La tentación sutil de las profecías de que lo peor es potente, pero desconfiar de ellas no debe hacernos caer en una despreocupada euforia. Pues ni el colapso ni el complot son hipótesis que se puedan barrer con el dorso de la mano. Después de todo, como dice Woody Allen, «¡incluso los paranoicos tienen enemigos!» Sin embargo, la diferencia es inmensa entre considerar tales hipótesis y plantearlas como certezas absolutas, claves explicativas de la totalidad de lo real.
La misma pregunta se plantea para otro escenario de ese tipo, a penas más elaborado, pero igual de seductor cuando se intenta ver claro. Es el de la guerra, y particularmente de la guerra civil. Los griegos tenían dos palabras para distinguirlos: polemos, para la guerra contra el enemigo exterior, es decir el bárbaro, y stasis, para el conflicto interior, en el seno de la ciudad o entre ciudades griegas[3]. Se puede ganar la gloria en la primera; se es perdedor siempre en la segunda, puesto que vencedores y vencidos son los mismos. Mucho antes de Freud, Platón ve reflejos o proyecciones de un conflicto interior al individuo. «En cada uno de nosotros existe una suerte de guerra que nos opone a nosotros mismos», escribe en Las Leyes (626 e).
Inútil decir que la guerra civil solo es una ilusión. Francia sabe bien que, incluso sin hablar del conflicto entre los Armagnacs y los Bourguignons (1407-1435) conoció al menos ocho guerras religiosas (entre 1562 y 1598), varios levantamientos (particularmente durante la minoría de Louis XIV), las guerras de Vendée (1792-1800), el episodio cruento de la Comuna (1871), el conflicto entre Vichy y la Francia libre (1940-1944) y, finalmente, la Guerra de Argelia (1956-1962), que fue tanto una guerra de descolonización como una guerra civil. Esta lista basta para dar la razón a Hobbes o a Pascal: sí, la guerra civil es «el más grande de los males» (Pensamientos, Br. 313). Pero, cómo no ver que es también una clave de lectura muy práctica, incluso en tiempos de paz, para dar sentido cuando este ya no aparece. Un único ejemplo: ¡cómo es de reconfortante ser «antifascista» hoy! Se deviene resistente, pero, sin los riesgos de la profesión, puesto que los fascistas son simplemente quienes no están de acuerdo… De esta guerra civil ideológica es de la que voy a hablar. El humano es decididamente un animal extraño que cultiva la guerra en tiempos de paz y añora la paz en tiempos de guerra.
El sabor de la discordia
«Dos hombres que viajan por la gran ruta, uno hacia el este, el otro hacia el oeste, pueden cruzarse sin chocar si el camino es suficientemente amplio. Pero, dos hombres que razonan a partir de principios religiosos opuestos no pueden reencontrarse sin chocar, aunque se pueda juzgar igualmente que la ruta es suficientemente amplia para que cada uno la siga como la entiende. Pero, el espíritu humano está hecho así, de modo que tiene que apoderarse de todo espíritu que se le aproxime; e incluso si encuentra un maravilloso sostén en la unanimidad de los sentimientos, incluso la menor contradicción lo sacude y lo consterna. De ahí viene esta acidez que muestra la mayoría de las personas en una disputa. De ahí viene también que sufran tanto al ser contradichos, incluso cuando expresan las opiniones más especulativas o las más indiferentes».
Fue el filósofo escoses David Hume quien escribió esas líneas en 1741 en lo que es sin duda el primer artículo sobre los «partidos políticos»[4]. El filósofo escoses ensaya una tipología de las facciones distinguiendo aquellas que reagrupan los miembros de clanes (facciones personales), de comunidades de ganancias (facciones de intereses), de sectas adoradoras de su guía (facciones de afecto). Pero, añade a esta lista bastante clásica otra categoría que es «el fenómeno más extraordinario e inexplicable que jamás haya manifestado en los asuntos humanos», a saber, las «facciones de principio». Que se masacre por fidelidad a una familia, por adoración de una persona o por interés… eso puede concebirse, pero que se maten entre sí solo por principios o ideas, supera el entendimiento… sin embargo, tal es la causa de las más terribles tragedias humanas.
Esas guerras de ideas inician por discusiones intelectuales en apariencia anodinas; continúan con disputas, con frecuencia seguidas de interrogatorios inquisitoriales; acaban a veces en ejecución pura y simple, simbólicas o reales. Ese fue el caso de la era del fascismo, en la era del marxismo y es de nuevo el caso hoy, en la era del wokismo. El término es muy discutido. Algunos solo ven allí una invención de espíritus reaccionarios encarnizados contra los progresos y en la lucha de pánico contra las discriminaciones. Creo que el wokismo existe claramente; es el emblema de algo que devino nuestro gesto espontáneo: leer la sociedad como un campo de batalla.
¿Qué es el wokismo?
El wokismo, si se lo quiere definir, es menos una doctrina, que un modo de razonamiento que usa la lucha contra las discriminaciones para seducir los espíritus y conducirlos poco a poco hacia un pensamiento totalitario. Propongo resumirlo en cuatro puntos articulados.
1) La primera idea es que toda realidad es dominación. No existe nada que no sea dominado o dominador, víctima o culpable. La opresión es entonces la clave de lectura única y exclusiva de lo real. Hay ahí una herencia de la lucha marxiana de clases, pero, extendida a todas las dimensiones de la vida humana. Lo real es una guerra. Tal es el punto de partida del credo woke.
2) En ese real guerrero Occidente es el Gran dominador y, en él, la colonización es el «crimen de los crímenes» (Aimée Césaire). Es en efecto, el símbolo (la quintaesencia o la condensación) de todas las opresiones: la de Europa sobre el resto del mundo (imperialismo), la del hombre blanco sobre todas las mujeres (patriarcado), la de la industria sobre la naturaleza (productivismo), la de los ricos sobre los pobres (capitalismo), la del pasado sobre el futuro (conservatismo).
3) La suprema trampa del colonialismo es –como la del diablo–, hacer creer que ya no existe. De hecho, la descolonización es un señuelo que enmascara una dominación tan profunda como traidora: a pesar de las independencias, hay siempre la misma explotación; a pesar del pseudo-feminismo hay siempre el mismo patriarcado; a pesar del Estado providencia siempre la misma alienación de los miserables (prisioneros no por las cadenas de la producción, sino por las del consumo); bajo la apariencia del desarrollo duradero, siempre más capitalismo. Breve, el viejo macho blanco productor es un poli-predador que oprime a todo lo que se mueve: las mujeres, el planeta, los migrantes, las diferencias, los «racializados», las culturas… Las migraciones de las que se quejan los europeos en tanto frutos lo que ellos sembraron; aunque, por fortuna, ellas serán el sepulturero del Occidente rancio y moribundo.
4) Frente a esta dominación conviene, no solo «despertar» (de ahí la woke culture), sino combatir la opresión sistémica y hacer tabula rasa del pasado rancio que la produjo (de ahí la cancel culture). No basta descolonizar los textos (de leyes), hay que descolonizar las cabezas o cortarlas: ¡comencemos por las de las estatuas y los nombres de calles! Para sus partidarios, esta violencia está justificada, pues no es más que legitima defensa. Y la acusación que se le hace de un racismo invertido no es sino otro subterfugio de parte de los dominadores, índice de su «pánico moral». Allí se ve que el «wokismo» pasa de la teoría a la práctica y deviene, en sentido estricto, una ideología mortífera.
Pero, el wokismo traiciona las causas que pretende defender y las usa como anzuelos para atrapar las almas bellas e hipnotizarlas. De la constatación de que existen dominaciones (¿quién podría negarlo? ¿Quién no anhela combatirlas?), se infiere que todo es dominación. De esta dominación total, se llega a afirmar que Occidente es el único culpable: el gran Satán, como dicen los islamistas con los cuales los wokistas no vacilan en flirtear, incluso en acostarse. La mejor prueba es que las otras dominaciones (no occidentales) no les interesan en absoluto: Ni una palabra sobre el imperialismo de la China, de Rusia o del Estado islámico tampoco sobre los daños que ellos causan al medio ambiente; ninguna queja contra el racismo existente entre los «racializados» mismos; ninguna indignación por la condición de la mujer en países (realmente) patriarcales, Irán o Afganistán o algunos de nuestros «barrios». Y claro, ni la menor muestra de disgusto por las expresiones y actos antisemitas o anti-cristianos. Nada de eso puede ser culpable, pues, por definición, solo Occidente lo es. Y lo es sin importar lo que haga: ¿un europeo blanco os regala flores? Esa es la cultura de la violación. ¿Un país occidental aumenta su ayuda al desarrollo? Eso es neo-colonialismo. ¿Le gusta el negro espiritual? ¡Esa es la apropiación cultural! ¿Piensa que el color de la piel no tiene importancia? Usted es racista por ceguera; etc.
Con frecuencia se oye decir que el wokismo exagera sobre los medios, pero que sus fines son nobles y generosos. Eso dicen la mayoría de los totalitarismos, hasta que la verdad salta a la vista. Mi íntima convicción es que el gusto por la violencia es primero y es más bien ella la que instrumentaliza causas para satisfacer un insaciable deseo de sangre. Los dioses tienen sed, escribía Anatole France (1912).
Entonces esta es la tesis: el wokismo constituye por excelencia la ideología de la discordia (Eris) con la promesa de una guerra civil total o más bien cuatro guerras civiles por el precio de una: es lo que llamamos interseccionalidad[5] o «convergencia de luchas»: lucha de razas, guerra de los sexos, conflicto entre generaciones, lucha de clases, que deben hacer frente común. Se comienza por esta última, incluso si tiene hoy un sabor un poco vintage, sin embargo, todo comenzó con ella.
Conclusión
La democracia es el régimen que permite a todo el mundo ser adulto: esa es su grandeza. Pero, también es el régimen que exige que lo seamos todos: esa es su fragilidad. Pues las tentaciones de regresar a la infancia y la seducción de la ingratitud adolescente son innumerables en la era del individuo-rey. Culto al miedo, elogio de la indignación, gusto por el conflicto, hambre de cólera, esas pasiones tristes de los tiempos democráticos, sobreexpuestos por las redes sociales, compiten rudamente contra las pasiones positivas, que también promueven, aunque lastimosamente de modo más discreto: solidaridad, generosidad, convivialidad, deseo de comprender, placer del debate… Justo después de los atentados islamistas de 2015 en Francia, los libros sobre el islam y el fundamentalismo tomaron los puestos más alto de venta. ¿Cómo no ver en ese hecho alentador que odiar al otro no fue la primera reacción de una parte notable de los ciudadanos franceses, sino comprender por qué otros odian tanto? Ese es un índice –entre otros– de que los cortafuegos frente al racismo y a la xenofobia desinhibidos se han instalado bien en nuestro espacio público, al contrario de lo que denuncian los escenarios alocados y/o cínicos de «un ascenso de la islamofobia». Debemos ser mucho menos optimistas respecto al antisemitismo. Pues, en ese dominio como en muchos otros, se entrenan los «ingenieros del caos», según la bella y justa fórmula de Giuliano Da Empoli.
Es cierto que nuestra sociedad de individuos –más exigente y más abierta–, se expone más a la adversidad de parte de sus enemigos, tanto del exterior como del interior. Pero, no porque se reúnan sino porque se acomodan en alguna parte de todos nosotros. Porque ser un individuo libre y autónomo 24 h/24 h no tiene nada de placentero; de tanto en tanto llegan golpes de fatiga que nos hacen extrañar el buen y viejo tiempo de la sumisión: la tentación del repliegue. Y porque la promesa democrática es infinita, nos llega a veces la exasperación de ver que su programa no está ya realizado: ¿de quién es la culpa? El conflicto seduce, entre miedo de crecer y angustia de libertad de un lado, y de otro lado, la impaciencia de tener libertad absoluta, igualdad perfecta y fraternidad efectiva, el ciudadano de las democracias debe trazar su surco sin miedo y sin reproche, es decir: como adulto. Pues el adulto, no es un ser omnipotente y todo-saber, como un dios; sino quien sabe lo que ignora y hace lo que puede.
«No somos –escribía Voltaire en su Tratado de metafísica (1734)– ni libres, ni sabios, ni fuertes, ni sanos, ni espirituales, sino en un grado pequeño. Si fuéramos siempre libres, seriamos lo mismo que Dios. Contentémonos de modo conveniente al rango que tenemos en la naturaleza, pero, no imaginemos que carecemos de las cosas mismas de las cuales sentimos gozo, y porque no tengamos los atributos de un Dios no renunciemos a las facultades de un hombre».
Tal es la ambiciosa modestia del adulto, que desconfía tanto de la Nada como del Todo, pues tanto una como el otro hacen imposible la vida en común. Por eso, contra los genios del caos, hoy tenemos necesidad más que nunca de «genio civil» para mantener la existencia colectiva. Depende enteramente de nosotros sostenerla. Mientras que el desafío de las comunidades tradicionales era no ahogar demasiado la individualidad, aquella de los individuos democráticos consiste en cuidar del colectivo. Esta responsabilidad tiende a olvidarse, pero vuelve a cada uno de nosotros. No se trata de estar de acuerdo en todo, sino de elegir debatir a pelear; no se trata de renunciar a afirmarse, sino de atender también lo que se aleja, que pierde pie, que se extingue; no se trata de negar sus elecciones, sino velar porque no devengan camisas de fuerza comunitarias. No es pedir demasiado, pues todos tenemos alrededor muchos adultos que cumplen con este oficio sin alardear. Y es con ellos que dan ganas de vivir.
Planteo muchas preguntas en este libro: en su título tanto como en el de varios capítulos. Tengo que recoger actualmente las respuestas para que el lector juzgue si el contrato se cumple. ¿Todavía queremos vivir juntos? Sí. Se lo puede ver en los siete dominios mayores de la existencia: comer, cohabitar, codiciar, procrear, discutir, trabajar, interrogarse sobre el sentido de la vida. No hay que cavar mucho para reencontrar apetito de convivialidad en cada una de ellas, pues, a pesar de todas las innovaciones hipermodernas, la buena comida no vale compaginando deseos; pues, a pesar del hiperindividualismo, esperamos la vida de pareja; pues, a pesar del miedo al futuro, hacer crecer a los niños es el único medio para crecer nosotros-mismos; pues a pesar de que nos guste chocar, discutimos menos para tener razón que para compartir opiniones; pues, a pesar de la ilusión de ganar y exigir rendimiento, no se trabaja bien sino estando ligados.
Pero, este apetito de convivialidad devino inquieto, desconcertado, ha ensordecido por el canto de las sirenas que nos atraen a su isla o por el sonido del clarín que nos lanza al asalto. La flor del fusil. Ellos se responden mutuamente, a menudo frente al aislamiento esperamos encontrar hermanos de armas e indignación; mientras que el espectáculo deplorable del conflicto permanente empuja al repliegue y a la soledad. ¿El ataque o la retirada? Frente a esas tentaciones diabólicas en tanto separan, debemos recordar lo que aporta la vida común, que, a pesar de sus frustraciones y sus exasperaciones, no es un obstáculo a la libertad individual, sino su condición. Todavía debemos percibir su valor. Ella es la que nos permite crecer, pues no podemos crecer sin los otros ni sin hacer crecer a otros. Pasa por la experiencia (relación con el mundo), por la autonomía (relación consigo mismo), pero sobre todo por la responsabilidad (relación con los otros), lo cual no es solamente un deber moral, sino, yo creo, la única tabla de salvación en un universo desencantado. ¿Para qué vivir juntos? Para crecer juntos, es la primera respuesta.
Sigue la pregunta del cómo, que también se encuentra alterada. En las viejas sociedades, la autoridad caía del cielo y la civilidad parecía inscrita en la naturaleza inmutable de las cosas. La libertad y la igualdad modernas transforman la situación. Debemos buscar la autoridad en nosotros y la civilidad en atender a los demás. Es más difícil, pero, francamente, ¿no es más interesante? Allí todavía hace falta el hacer adulto: aceptar obedecer la ley común, incluso cuando no se está de acuerdo; saber decir «después de usted», incluso cuando se tiene prisa. El problema, lo acepto, es que los demás lo hagan también. Sin embargo, eso no cambia en nada la respuesta a ¿cómo queremos vivir? Como adultos dispuestos, pues es entre adultos que nos entendemos.
Además, porque vivimos en repúblicas, hay una exigencia más: la laicidad; la cual no es contraria a la religión, sino vela para que ninguna creencia ni ninguna ideología se imponga sobre la «plaza pública». ¿Con quién queremos vivir? Con nuestros hermanos en laicidad, es decir, aquellos que rechazan que una fe haga ley, para que todos podamos crecer juntos. Por lo demás, su vida privada (creencia, sexualidad, ideología…) no nos interesa y no nos la imponga. ¡Un poco de pudor, qué diablos!
¿Cómo es que esas tres respuestas simples y robustas han perdido en nuestros días su límpida evidencia? ¿Cómo es que la laicidad es acusada de discriminación, que la obediencia voluntaria (cuyo otro nombre es autonomía) es denigrada, que la civilidad es atacada, que el proyecto mismo de crecer devino sospechoso? Pletóricos de «melancolía democrática» (como lo dice Pascal Bruckner), somos tentados por las guerras civiles. Sin embargo, estas no tendrán lugar. ¿Por qué? Porque los ricos y los pobres comparten demasiado en común para destriparse; porque los sexos están tejiendo entre ellos la nueva civilidad de la era de la igualdad: dejémoslos entonces hacer sin tono moralista ni acusador y, sin querer «cambiar las mentalidades», ¡que se cambian muy bien solas! Esas guerras no tendrán lugar, ya no porque la fluidez de las identidades es una idea de artista que se divierte olvidando que no se construye nada sólido sobre el agua. No tendrán lugar porque los jóvenes y los viejos se dan cuenta de que han sido o lo serán; porque las razas reaprenderán pronto a admitir que no existen y que la unidad de la humanidad es el único horizonte posible (para un demócrata).
En cuanto a las civilizaciones, las que coexisten hoy están, a pesar de sus muy reales diferencias, atravesadas por la misma querella de los Antiguos y de los Modernos: la singularidad de cada uno no prohíbe el intercambio entre todas. Entonces, guardemos bien en el espíritu el «we’ll meet again» de Elizabeth II, sin negar los conflictos, sin reusar los desacuerdos, sino velando por no exagerarlos. Seamos adultos para que nuestra democracia lo sea también al fin. Pero, seamos también implacables con aquellos que, aquí o allá, aspiran a debilitar, incluso destruir, el único régimen que hace crecer lo humano. La democracia ya no puede permitirse ser melancólica, pues ha reencontrado sus enemigos.
[1] Nota de traducción: Un boomer (o baby boomer) es alguien nacido durante el «baby boom», la explosión demográfica tras la Segunda Guerra Mundial, generalmente entre 1946 y 1964, en países anglosajones, pero el término se usa más ampliamente para referirse a personas mayores que no entienden las nuevas tecnologías o tienen actitudes conservadoras, a menudo en tono irónico o despectivo por las generaciones más jóvenes, como en la expresión «¡OK, boomer!»
[2] Hésiode, Théogonie, 226-232.
[3] Platon République, 470 b. Nicole Loraux, La cité divisée, Payot, 2019 et Guillaume Barrera, Guerre civile. Histoire, philosophie, politique, Gallimard, 2021.
[4] «Des partis en général» in Essais moraux, politiques et littéraires, trad. G. Robel, PUF, 2001, pp. 180-189.
[5] Noción introducida por la teórica del derecho, Kimberlé Crenshaw en 1989: «Demarginalizing the Intersection of Race and Sex: A Black Feminist Critic of Antidiscrimination Doctrine, Feminist Theory and Antiracist Politics», University of Chicago Legal Forum, 1989, p. 139-168.