
El cerebro disponible del bebé neoliberal*
Dany-Robert Dufour
Afirmar que ha nacido el bebé neoliberal parece pertenecer a priori a ese tipo de fórmulas destinadas a marcar las mentes con el fin de despertar y agitar las conciencias. Sería lo que en retórica se denomina una hipérbole, es decir, una figura retórica que consiste en exagerar la expresión de una idea para resaltarla con fines irónicos o polémicos.
Intentaré demostrar aquí que esta expresión no es en absoluto exagerada y que esta fórmula debe tomarse al pie de la letra. En otras palabras, el bebé neoliberal ya existe como una realidad, sin lugar a dudas. La prueba es que ahora se le reservan canales de televisión (BabyFirst, por ejemplo) que deben permitirle acceder en un tiempo récord al ideal posmoderno: Yo zapeo, luego soy. Estos canales de televisión están destinados a funcionar como «tercer progenitor» sustituyendo cada vez más a los dos primeros[1]. En realidad, este «tercer progenitor» es mucho más imperativo que los dos primeros y tiene sobre ellos la ventaja de presentarse bajo un aspecto lúdico; de hecho, es un nuevo amo que no duerme jamás. Ahora bien, esta sustitución produce efectos considerables no solo en la familia, sino también en las formas de subjetivación y socialización de los niños que son «educados» de este modo.
Este proceso lleva mucho tiempo en marcha y su culminación puede cambiar drásticamente las condiciones de acceso a la simbolización. Del imperio de la televisión sobre los adultos, establecido hace unos cincuenta años, hemos pasado a su dominio sobre los adolescentes y, desde ahí, a los niños. En los estudios menos refutables se puede leer que:
«Los niños de todo el mundo pasan en promedio tres horas al día frente a la pantalla, lo que supone al menos un 50 % más de tiempo dedicado a este medio que a cualquier otra actividad extraescolar, incluidas las tareas escolares, pasar tiempo con la familia, los amigos o leyendo. Esta cifra, ya de por sí considerable, no es más que una media: casi un tercio de los niños ve la televisión cuatro horas al día o más[2]. Además, hay que saber que desde ahora el niño no tiene que ir a la televisión, ella viene al niño. En efecto, el espacio privado del niño, su habitación, con frecuencia es ocupado por la televisión. En Europa, entre 1 y 2 terceras partes de los niños tienen televisión en su cuarto según los países y los medios sociales (en Inglaterra 75% entre los más desfavorecidos)»[3].
Se la ha mejorado, puesto que han aparecido cadenas de televisión para bebés en el último lustro BabyFirst, por ejemplo, se presenta también a los primeros padres que no hayan comprendido aún el interés que tendría dejar a sus bebés con ese tercer progenitor:
«Desde las primeras horas de su vida, los niños pequeños ya poseen (sic) algunos miles de millones de neuronas. Sólo que al principio les son de mínima utilidad puesto que la mayoría no están conectadas. En realidad, para hacer esas conexiones, el cerebro del pequeño debe ser estimulado»[4].
Esto se dice como sintaxis aproximada bastante inquietante, pero, indica que el cerebro del telespectador interesa mucho a los promotores de esas cadenas. Esas propuestas se pueden poner en la misma serie que las tristemente célebres del expresidente de TF1[5] Patrick Le Lay quien se pavoneaba delante de sus pares, grandes patrones como él, diciendo que:
«Nuestras emisiones tienen como misión dejar [el cerebro del telespectador] disponible, es decir, divertirlo, distenderlo, para prepararlo entre dos mensajes. Lo que vendemos a Coca-Cola es tiempo disponible del cerebro humano. Nada es más difícil de obtener que esa disponibilidad»[6].
De nuevo surge la propuesta de que el cerebro humano, en tanto debe quedar enteramente disponible para Coca-Cola y Co. constituye el objetivo de la educación emprendida por el nuevo amo-maestro[7]. Para alcanzar mejor el objetivo que es el cerebro, las estrategias de las industrias culturales consideran que más vale tomarlo desde la cuna. Voy a intentar erigir aquí un primer cuadro de los efectos en la subjetivación y en la socialización de esa nueva educación televisiva que inicia desde la cuna.
EL CONSUMO
Se dice con alguna razón que el espacio considerable que ha tomado la publicidad en la televisión constituye una contribución a la monocultura del mercadeo[8]. Es cierto, indudablemente, pero, la observación no llega al fondo de las cosas. Si sólo existiera este intento de influencia continua sobre los individuos para transformarlos en consumidores permanentes desde su más tierna edad, ya sería grave, pero, se podría responder siempre (como no se deja de hacerlo) que bastaría sustituirla por una verdadera educación de la imagen que enseñara al niño a resistirse a esta influencia, como a cualquier otra. Sin embargo, el problema supera de lejos a la educación crítica. En efecto, detrás de la publicidad dirigida a los niños y a los más pequeños existe un objetivo más radical que ya no se deja describir en términos de objetivos comerciales, sino como una reconfiguración de las subjetividades. Ahora no sólo se suscita constantemente el deseo del objeto, se apunta directamente al ser del sujeto. Los publicistas más advertidos han comprendido que se podía hacer una apuesta sobre el desmoronamiento posmoderno de la familia clásica, marcado por fenómenos inéditos como la «individualización», la «privatización» y la «pluralización», como indicadores de la «desinstitucionalización» de la familia[9]. Lo que se ha instalado es una auténtica estrategia de sustitución de referentes. Se trata de obrar, y lo cito: «en la fragilidad de la familia y de la autoridad para instalar marcas como nuevas referencias»[10]. La operación parecía desarrollarse de modo satisfactorio si se considera el número de jóvenes (incluso pobres) marcados, es decir, debidamente estampillados con el logo de las grandes marcas y exhibidos osadamente. Aún mejor podríamos dar directamente nombres de marcas a los niños, como se empezó a hacer en Estados Unidos. Cada vez más bebés americanos son bautizados con nombres de marcas: L’Oreal, Chevy, Armani, Timberlands, Chanel, el fenómeno toca en promedio al 5% de los nacidos en 2003[11]. Las marcas funcionan como nuevas referencias, estamos en el corazón de una operación de reconfiguración inédita de las subjetividades que ninguna educación simple podría frenar, porque llegaría demasiado tarde, cuando el mal ya habría estado hecho.
LA VIOLENCIA
Existe allí un problema muy complejo del cual no podemos darnos cuenta mediante simplificaciones abusivas. Partamos de este dato: hacia los 11 años, el niño «promedio» habrá visto algo así como 100000 actos de violencia en la televisión y habrá asistido a unos 12000 asesinatos[12]. ¿Debemos sin embargo deducir de esos datos que el niño cargado con tantas imágenes violentas, está condenado a descargar esta violencia en lo real? Contrariamente a las apariencias, la respuesta es no. En efecto, siempre será posible encontrar, frente a todas las correlaciones estadísticas que se construyan, algunos contra-ejemplos que arruinen toda certeza. Así se podrán descubrir niños de la tele, que han asistido a millares de saqueos, violaciones y asesinatos en la pantalla chica, tiernos como corderos en la vida cotidiana. En efecto, nada prueba a priori que todos los niños toman la ficción por realidad. Además, antaño se producían un montón de violencias relatadas a los niños. No hay que ceder a ninguna forma angelical pensando que todo estaba exento de violencia antes de la tele: los cuentos narrados por las supuestas abuelitas amables de antaño contenían un cúmulo respetable de horribles historias de ogros devoradores de niños, que literalmente no tienen nada que envidiar a las imágenes de violencia difundidas hoy. Recordemos la historia particularmente sangrienta de San Nicolás con cuerpos de niños cortados en pedazos y puestos en salmuera[13]: ¡para él se celebra la famosa fiesta del 6 de diciembre en la cual los niños de antaño basan el Papá Noel! La violencia existe desde siempre y es preciso que el niño aprenda a simbolizarla.
De todos modos, si es cierto que la violencia existía desde mucho antes de los relatos en que se dirige a los niños, esencialmente esta fue relatada. Lo que hace intervenir dos diferencias cruciales: 1. La abuela mediaba el horror, integrándolo al circuito enunciativo y haciéndolo de algún modo aceptable; 2. El universo del ogro en el cuento era claramente imaginario, obligando al niño a pensar este universo como otro mundo (el de la ficción), mientras que el universo de las telenovelas actuales con grescas, violencias, violaciones y asesinatos, sin distancia con el mundo real, es muy realista, de modo que el espíritu del niño puede confundir fácilmente esos dos mundos.
La diferencia entre la violencia que se muestra actualmente y la violencia relatada de entonces, no prueba, sin embargo, que todos los niños que hoy tengan un cuarto para ver tele sucumbirían necesariamente a la violencia. De ahí que haya que retomar el análisis sobre nuevas bases.
Para avanzar verdaderamente, hay que comenzar por separar sin apelación la explicación «científica» hoy en boga: solo franquearían el paso fatal de la violencia los que estén genéticamente predispuestos.
Esta serie de explicación presenta dos inconvenientes mayores: remite a estos jóvenes a su naturaleza profunda, lo cual sería estúpido –no les ayuda mucho a que accedan algún día a su responsabilidad subjetiva por sus actos–, y permite que todo continúe como antes, puesto que deja entender que el medio no es cuestionable, sino algunos de sus espectadores…, quienes deberían tomar previamente su dosis de tranquilizante.
Para salir de este impase falsamente científico, propongo entonces ese desplazamiento que me parece capital: el medio es lo cuestionable, pero, no es tanto el contenido de las imágenes lo que incita a la violencia, como el medio en sí mismo, sea lo que sea lo que difunde. Separar la falsa explicación por la genética no basta entonces, además, hay que terminar con la idea simplista (en tanto mecanicista) de que el niño imita necesariamente lo que ve en la tele (lo que presuponen casi todos los estudios sociológicos) y llega a una formulación un poco más exigente del problema que cuestiona al medio en sí mismo.
¿Por qué? Porque es necesario conjeturar que la exposición prematura y continua a la imagen televisiva puede obedecer a las condiciones de transmisión del don de la palabra de generación en generación y de individuos en individuos en la especie. Entonces, hay que tomar en cuenta los posibles efectos perturbadores de la introducción de una nueva técnica de comunicación, ahí mismo donde predominaba desde la noche de los tiempos la técnica natural (como se dice «lengua natural») del discurso oral cara a cara. Supongo que en suma la inundación del espacio infantil por ese grifo constantemente abierto, del cual surge un flujo ininterrumpido de imágenes y de sonidos no es sin efectos considerables en la formación del futuro sujeto hablante. Vamos a ver cómo puede producir sujetos mal instalados en el discurso. Y, sin alargar el final de mi razonamiento, antes de retomarlo paso a paso, diré que un sujeto mal instalado en el discurso tiene todas las posibilidades de presentarse como incapaz de operar todas las sutilezas de la puesta en el discurso y encontrarse muy pronto obligado a pasar a relaciones de fuerza (física) para salir de las dificultades que experimenta en la contrucción verbal del sentido.
Me parece que solo esta hipótesis permite comprender que ciertos niños de la tele puedan escapar a un destino violento, aunque otros sucumben a él fatalmente. La diferencia entre ambos se sostiene en el hecho de que los primeros están instalados en el discurso, mientras los segundos sólo tuvieron la imagen televisiva para acceder a la simbolización.
Entonces es momento de considerar la cuestión de los posibles trastornos semióticos producidos por la exposición masiva a la imagen televisiva.
Para responder a esta pregunta sobre los efectos de la televisión sobre los niños y los adolescentes, me parece indispensable pasar de un nivel de análisis puramente sociológico a un discurso capaz de tomar en cuenta la psico-socio-semiogénesis de los sujetos hablantes. En suma, se trata de hacer la hipótesis de que la transmisión del don de palabra en la especie, puede ser alterada por el hecho de que los cachorros de hombre –antes de hablar– abruptamente se encuentran delante de la pantalla, que se dirige a todos y a nadie en particular.
LAS RELACIONES TEXTO-IMAGEN
Para comenzar, notemos que la exposición masiva a la imagen televisiva desvía el sentido secular de las relaciones texto-imagen. Antes de que la televisión invadiera las relaciones generacionales, también existían imágenes, pero, la iniciación en la práctica simbólica empezaba con el texto, a partir del cual eran inferidas imágenes. Entiendo por «texto» enunciados orales –palabra ordinaria, cuentos, versiones de mitos o leyendas– tanto como enunciados consignados en una escritura (texto santo, folletines, novelas…). Ese primado del texto puede concebirse fácilmente a partir de ciertas situaciones simples. Por ejemplo, escuchar a un narrador o la lectura de una novela desencadenan una actividad psíquica en el curso de la cual el auditor o el lector crean imágenes mentales, de las cuales son los primeros espectadores.
Sin embargo, no quiero decir que todos los oyentes o lectores vean las mismas imágenes, como en la tele. Cada uno ve en su fuero interno, en una consciencia singular, no sincrónica, diría probablemente Stiegler[14]. Al leer un texto o escuchar el planteamiento de alguien, cada uno «ve» pues, pero, hay que subrayar que lo que uno ve es lo que ninguna imagen puede mostrar verdaderamente. ¿Cómo presentar mediante una imagen el curso imprevisible de una frase de Proust?
¿Cómo presentar en una imagen el uso concomitante de un imperfecto y de un pasado simple? En suma, la ficción producida por el texto es irreductible a cualquier imagen.
Esta disposición a la ficción y a la fabulación evidentemente debe ser pensada en una antropología general: es una disposición de la especie[15].
El uso del significante (constitutivo de lo simbólico, ya se trate de la fonación articulada, de la escritura, del lenguaje de signos…) genera significado y no tiene entonces sentido sino por ser expuesto a la mirada de una capacidad de imaginar propia de la especie.
Pero, la imagen no es solo un simple reflejo del texto, posee su eficacia propia y es poderosa: ella puede simplemente suspender el texto. Detenta ese poder por una buena razón: la imagen no está articulada, en el sentido en que decimos del texto que está articulado. Se podría incluso contabilizar, acumulándolas un poco de cualquier modo, hay cuatro niveles de articulación significante del texto: 1. El nivel de la unidad elemental, del orden del sonido, que remite al fonema[16]; 2. El nivel semiótico de la significación que hace intervenir al morfema; 3. El nivel de la significancia que hace intervenir la frase (lo que Benveniste llamaba lo «semántico» para distinguirlo de lo «semiótico»); 4. El nivel mitológico que remite al relato y hace intervenir lo que Lévi-Strauss ha aislado bajo el nombre de mitema, unidad mínima del relato. Pero, si el texto está eminentemente articulado, todas las tentativas que se han podido hacer a nivel de la imagen para darle el mismo estatuto han fracasado. Ya sea a nivel de la imagen mental, del significado, o a nivel de la imagen física (pictórica, fílmica…), tentativas que a lo mejor han dado mucha utilidad a las taxonomías, pero, que no han logrado definir jamás una naturaleza intrínseca y una organización interna de la imagen– y, de hecho, jamás habrá necesidad de «leer» una imagen de comenzar por arriba, por la izquierda, por el centro o por un punto cualquiera, mejor que un intento de captar el todo.
Posiblemente de ese carácter no articulado proviene el poder de suspenso que posee la imagen respecto al texto: una sola imagen puede cuestionar una muy densa red de sentido y de significaciones debidamente organizadas en el texto. Además, es así como procede la emoción estética: así surge una imagen o un encadenamiento de imágenes paralizantes y así son suspendidas las representaciones organizadas en un «texto»…
Henos aquí obligados por una simple imagen a rehacer otro texto que tome en cuenta la perturbación experimentada y la integre. Evidentemente no se trata de reducir literalmente una imagen a un texto, sino de observar la desgarradura efectuada en el tejido del texto por eso que a propósito de la fotografía, Barthes llamaba el punctum[17] salido de la imagen. Barthes entendía por punctum «lo que atraviesa, tira, extraña, lo que me atrae o me hiere» en una imagen[18]. El punctum es lo que puntúa sobre un fondo de estadio (el cual remite al cuerpo clásico, información que hace accesible la imagen). Se trata de un exceso, que remite a lo que sale de la imagen. Claro está, no digo que se trata de encontrar EL texto que corresponda a ese punctum de la imagen, pero lo que se necesita es UN texto que pueda suturar el menosprecio aparecido en las redes de sentido, un texto que no excluye otro, incluso otros textos.
La imagen deviene así ubicable en una relación anterior o posterior al texto, (de pre-texto, en todo caso) gracias a lo cual ella adquiere la posibilidad de figurar lo que uno no puede decir.
A excepción de la imagen estética «punctiforme», existe otro tipo de imagen no articulada al texto, una imagen interior al sujeto, aquella que se llama desde Freud el fantasma, que puede relevar de la «representación inconsciente». Esas imágenes, en efecto, pueden ser inconscientes en el sentido en que lo entendía Freud distinguiendo la «representación inconsciente» que es la representación de cosa sola [en otros términos el llamado «significado»] de «la «representación consciente» que comprende la representación de cosa [el significado] más la representación de palabra-aferente [«el significante»]»[19]. El fantasma remite entonces a imágenes errantes, conscientes o inconscientes, que vagan en el aparato psíquico. La característica de esas imágenes es que han perdido su acoplamiento con un texto que, a partir de ahí, ya no se puede figurar sino como texto «perdido» o «censurado» (recordemos la definición de Lacan que utilizaba un término connotando el texto para definir la represión como ese «capítulo censurado» de mi historia). Como el «texto» del fantasma ha ocultado incluso a aquel que lo porta, esas imágenes vuelven al sujeto de forma repetitiva o intrusiva, sin fijarse ni encadenarse en un proceso acumulativo. Y toda imagen exterior puede entonces venir a sostener el fantasma uniéndose compulsivamente a él en secuencias sin texto.
No hay sino una sola salida para escapar a la perforación del punctum o a la desconexión del fantasma: es reencontrar el texto que le corresponde. El texto del fantasma, a menudo desde Freud, se intenta encontrarlo en el dispositivo discursivo muy especial que se llama la cura de palabra. Y el texto de la imagen estética que, como punctum, había suspendido las redes de significación, intentamos encontrarlo en los procesos críticos que interrogan la imagen: de la imagen, se trata de introducir texto y, a partir de ahí, producir toda suerte de vaivén entre los dos mundos heterogéneos del texto y de la imagen. Al menos si se quiere que la imagen conduzca hacia otra cosa que a su pura y simple investidura por el fantasma –siendo esta «otra cosa», en los dos casos del fantasma y de la imagen estética, un saber, de que al menos algo escapa a la compulsión para añadirse a un proceso discursivo acumulativo. Me permito aquí observar para aquellos que apelan constantemente a una «educación de la imagen» que esta educación no puede consistir fundamentalmente, para el ser hablante, sino en una educación en el discurso. Ciertamente es preciso que ese discurso sea capaz de darse como objeto la pregunta por la imagen, pero, nada de eso sabrá hacerse sin que el privilegio del discurso se haya establecido.
LA FUNCIÓN SIMBÓLICA
Ya planteada esa relación texto-imagen, encadenemos la pregunta de la función simbólica: ¿cómo se transmite y se adquiere? Encontramos de nuevo allí la primacía del texto, puesto que esa función se transmite esencialmente por intermedio del discurso, que acarrea con él todo un universo imaginario. En efecto, sabemos cómo la transmisión de relatos fue el medio utilizado en todo tiempo por la generación de los padres para formar la generación futura. Transmitir un relato es en efecto transmitir contenidos, creencias, nombres propios, genealogías, ritos, obligaciones, saberes, relaciones sociales… Pero, es también y antes que todo transmitir un don de palabra. Es hacer pasar de una generación a otra la aptitud humana para hablar, de modo que el destinatario del relato pueda a su vez identificarse como él mismo y situar a los otros a su alrededor, ante él y después de él, a partir del punto. En efecto, hay que instituir al sujeto hablante; si esta antropofactura no tiene lugar, la función simbólica, simplemente no es transmitida.
Esencialmente, el acceso a la simbolización se ha operado desde siempre por la simple puesta en marcha de la más vieja actividad del hombre, el discurso oral cara a cara. De ese modo, nos transmitimos el don de la palabra incluso sin darnos cuenta; se trata de un prodigio tan invisible como el de los miembros de «la secta del Fénix» [1952] de la cual habla Borges en Ficciones, que se transmitían de generación en generación un secreto sin darse cuenta. Ahora bien, si eso solamente pretendiera hacerse con la televisión, ya no sabríamos transmitir ese don.
Simplificando mucho podemos decir que al cabo de cierto tiempo de comercio con sus padres, cuyo rol de verbalización es esencial, en tanto el niño se encuentra «hablado» en el discurso de los padres desde antes de su nacimiento, el pequeño adquiere en respuesta a esta interpelación un conjunto de referencias simbólicas[20]. Esas coordenadas son constituidas por significantes especiales, deícticos como «yo», «aquí», «ahora». Se trata de signos «vacíos», no referenciales respecto a la «realidad», puros significantes, siempre disponibles, que devienen «plenos» cuando un locutor los emplea en una instancia de discurso.
Se encuentran indicadores de persona (de persona subjetiva: «yo», «tú»; y no subjetiva: «il»[21]), indicadores espaciales («lo», «esto», «eso», «aquí»…) e indicadores temporales («ahora», «hoy», «ayer»)[22]. Gracias a esos indicadores, el locutor se auto-indexa como quien habla, fijando al mismo tiempo un dónde y un cuándo habla[23]. Ese proceso firma la institución del sujeto hablante en la escena enunciativa a partir de la cual el mundo exterior deviene representable en el discurso. El acceso a la simbolización pasa entonces por el uso de coordenadas de personas («yo», «tú», «él»), de tiempo (lo que es presente, co-presente o ausente) y de espacio (el «aquí» y el «en otro lugar»).
Este acceso al universo simbólico es fundamental, remite a la capacidad esencial que distingue al hombre de los animales: la de poder hablar designándose a sí mismo como sujeto hablante y dirigiéndose a sus congéneres a partir de ese punto enviándoles signos que se suponen representan algo –digo «se supone» puesto que nada indica que esos signos remitan a cosas o a hechos reales. El hombre no se priva de «inventar» lo que llama la realidad. La función simbólica puede por eso representarse muy simplemente: para acceder a ella, es preciso y basta con hacer propio e integrar un sistema donde «yo» (presente) hablo a un «tú» (co-presente) a propósito de «él» (lo ausente, es decir lo que hay que re-presentar[24].
Insisto entonces: ese sistema que garantiza el acceso a la función simbólica y, por allí, a cierta mínima integridad psíquica, se adquiere esencialmente por medio del discurso: los padres, los próximos, hablan del niño, se dirigen a él y progresivamente se instala la función simbólica. Así se transmite de generación en generación el don de palabra, la aptitud humana de hablar, de modo que aquel a quien nos dirigimos pueda a su vez identificarse en el tiempo (ahora), en el espacio (aquí), como sí (yo) y, a partir de esas coordenadas convocar en su discurso al resto del mundo.
Esta transmisión generacional del bien humano más valioso entre todos, el discurso, es el que la televisión puede poner en peligro. ¿Por qué? Su gran diferencia con el discurso cara a cara es que funciona como medio no dirigido. A pesar de que simula sin cesar el discurso dirigido, no es capaz de interpelar y no obliga a responder. De ese modo escapa a la obligación simbólica fundamental de la reciprocidad, que establece que cuando uno ha hablado el otro debe responderle. De hecho, ¿cuántos televisores vemos en diferentes establecimientos encendidos «hablando solos»? En ese sentido la televisión es la loca de la casa. No es el «marque 1 en su teléfono» lo que parece haber reestablecido el mínimo de intercambios necesario. La tele es en lo fundamental un medio no dirigido. Incluso cuando no deja de solicitar (a veces hasta el acoso) telespectadores, esta interpelación es solo retórica puesto que no hay vía (de voz) de retorno en el circuito.
Por eso ella no puede producir sino sujetos mal instalados en el discurso, es decir, sujetos torpes en el uso deíctico de las coordenadas simbólicos de persona, de espacio y de tiempo. Es eso lo que crea la diferencia en cuanto al destino eventualmente violento de los niños de la tele. Los que habrán sido más o menos bien instalados en el discurso, cuyas referencias simbólicas habrán sido fijados, podrán tomar en cargo las imágenes que llegan de la televisión. Por poco que se les pida, serán capaces de retranscribir esas imágenes en discurso. Serán aptos para lo que Jakobson llamaba, en un texto de 1959, On translation[25], «la traducción intersemiótica», ese tipo de traducción que implica no el paso de una lengua a otra, sino la transposición de un sistema semiótico a otro. Esta capacidad es evidentemente decisiva en cuanto a la posibilidad de escapar a un destino violento. En efecto, en tanto un sujeto pueda poner algo en discurso, generalmente no pasa al acto, no franquea la barrera fatal que conduce infaltablemente de la relación de sentido a la relación de fuerza. Si sus referentes son planteados en el discurso, entonces, puede acoger la imagen, aunque sea hiperviolenta, e ir y volver de la imagen al discurso. Ese vaivén incluso puede ser lúdico y formador: bastará hacer que ese medio impersonal vuelva al discurso, y a su sistema de orientaciones. Podemos apostar un éxito tanto mejor si el programa está elaborado, dicho de otro modo: demande ser interpretado.
LA FICCIÓN
Ahora podemos saber si el niño de la tele puede confundir o no la ficción con la realidad. Eso depende del hecho de que las coordenadas simbólicas de tiempo, de persona y de espacio fueron fijadas o no. Si lo fueron, entonces, existe un dispositivo semiótico «yo/aquí/ahora» que permite establecer una escena de la enunciación sobre la cual se puede convocar al resto del mundo, por sus enunciados. Sobre esta escena, yo podría representar todo o parte del mundo real o imaginario. La ficción no es sino uno de los mundos posibles de la existencia, de ese mundo convocado. En efecto, ya sea que se le convoque realmente mediante signos como indicios (indicios, en el sentido casi policial del término, o mejor en el sentido de Peirce, en tanto el signo es el indicio de un objeto en el mundo). O bien que sea convocado por signos anafóricos, los cuales no remiten como indicios al mundo, sino al discurso mismo. Hablaremos en ese último caso, no de realidades exteriores, sino de realidades internas al discurso, creadas como referencia al discurso mismo. Así, si leo: «Estábamos en la sala de estudio cuando entró el Director» (primera frase de Madame Bovary), ningún lector sensato tendrá la idea de preguntarse si los personajes estaban realmente en el estudio y si el Director entró verdaderamente. Aceptará en principio el mundo creado, incluso si sabe que jamás existió realmente. Eso no quiere decir que el autor hace lo que quiere en la ficción (por ejemplo, no puede cambiar a su guisa los nombres de los personajes), está obligado a observar las leyes del mundo que él ha creado, aunque sea imaginario. Eso es la ficción: un régimen particular de discurso referencial, que se desarrolla al interior del discurso, desencajado con relación a él.
Si el sujeto no está bien fijado en sus referentes simbólicos, esta escena enunciativa no existe y entonces él no podrá convocar nada en ella, tampoco un mundo indicado ni un mundo ficcionado en y por el discurso. Ese sujeto no podrá entonces alcanzar un segundo régimen de significación porque ese segundo régimen no existe sino como caso particular del primero.
Entonces el problema es que, si los referentes simbólicos no son fijados, los que permiten entrar en el discurso, yo no accedo a esa realidad discursiva secundaria y no percibo necesariamente la ficción como ficción. Lo que me ocurrirá, es que serán entonces imágenes exteriores las que llegarán a fijarse sobre las imágenes que habitan el aparato psíquico. La imagen externa se convertirá entonces en una suerte de conexión más o menos unida a las imágenes internas, a los fantasmas (a menudo imágenes de omnipotencia o de omni-impotencia) que habitan el aparato psíquico. Fantasmas cuya clave escapa a aquel mismo que es su portador. Esas imágenes pueden entonces asediar a quien las percibe, sin fijarse ni encadenarse en un proceso acumulativo controlable y generar cabos de secuencias alucinadas. En suma, no pueden más que regresar, de manera repetitiva, para tener al sujeto bajo su dependencia. De una parte, no pueden ser objetivadas, lo que significa que no abren un proceso que desemboque en un saber; de una parte, envisten toda imagen exterior que les es dada, de modo que ellas se constituyen en una suerte de pantalla, hay que decirlo, que se interpone entre el sujeto y la realidad que le ocurre.
El pronóstico es imparable: toda vida social, en tanto necesariamente mediatizada por el discurso, será difícil para esos infantes de la tele –comenzando por la escuela. Al no haber entrado verdaderamente en el discurso, sólo muy difícilmente podrán tomar su lugar en el hilo del discurso que dispone a cada uno en su lugar. Hay, sin embargo, muchos de esos niños que la escuela trata hoy de hacer entrar en el hilo de ese discurso, que hace alternar la palabra del profesor y la del alumno. Comprendemos que en estas condiciones la escuela no haya llegado al término de sus penas.
*
Freud pensaba que toda cultura trabajaba a su manera en la formación de sus sujetos, marcándolos con una impronta específica – llamaba eso el Kulturarbeit[26]. Entonces, ¿qué busca al trabajo específico realizado por esta cultura neoliberal, de la cual no hemos cernido más que un aspecto, ciertamente importante, pero no exclusivo, el de la televisión?[27] Se espera del bebé tomado en cargo de ese modo, que de él salga un ser reconfigurado en los dos grandes procesos que constituyen la subjetividad de la cual es portador. Del lado de la consciencia reflexiva (procesos llamados «secundarios»), la cultura neoliberal quiere acabar absolutamente con el sujeto crítico que todavía existe en la época moderna, con el ideal de la Ilustración. Y del lado de lo inconsciente (procesos «primarios»), el neoliberalismo no tiene ya nada que hacer con el viejo sujeto heredero de la modernidad, decantado por Freud, clásicamente neurótico y habitado por la culpabilidad. En lugar de ese sujeto doblemente determinado, la cultura neoliberal instala todos los medios necesarios, incluso tecnológicos, para la fabricación de un sujeto a–crítico y postneurótico. Se trata entonces de construir un universo donde el individuo deba antes que nada obedecer ese mandato supremo: ¡Goza! Lo que supone un sujeto disponible para todas las conexiones, un sujeto flotante, indefinidamente abierto a los flujos mercantiles y comunicacionales, en demanda permanente de objetos manufacturados, de servicios comerciales, de fantasmas sobre medida para consumir sin límite lo que el mercado le ofrezca constantemente para satisfacer sus apetencias. Un sujeto precario en suma, cuya precariedad misma podrá ser subastada en el Mercado, el cual mediante sus industrias culturales, podrán encontrar en él una nueva desembocadura convertido en gran proveedor de kits identitarios y de imágenes de identificación de todo tipo.
La crisis actual es bienvenida en un sentido: muestra los límites del modelo del Mercado en su pretensión de encargarse, no sólo de la economía en estricto sentido, sino también de las otras economías humanas, incluida la economía psíquica. La crisis pone en efecto al desnudo los mecanismos perversos en los que se sostiene el ultraliberalismo en todos los dominios. Claro está conviene tener cuidado de esos individuos estragados, y sobre todo también encontrar los medios para poner fin a esta ideología devastadora.
* Traducción no revisada por el autor, responsable Aída Sotelo.
[1] La expresión «tercer progenitor» proviene de estudios norteamericanos y está empezando a imponerse en Francia. Así figura en el informe presentado al presidente del Senado el 26 de junio de 2002 por la comisión de investigación sobre «La delincuencia juvenil», creada en virtud de una resolución aprobada por el Senado el 12 de febrero de 2002 (presidente: Jean-Pierre Schosteck, ponente: Jean-Claude Carle): «La televisión ha penetrado hasta tal punto en la vida de las familias y desempeña un papel tan importante en la vida cotidiana de los niños que, sin exagerar, se puede hablar de ella como el «tercer progenitor». Capítulo II, 1. «La familia: una institución relegada», parte d. Los medios de comunicación. Este informe se puede consultar en http://www.senat. fr/ rap/r01-340-1/r01-340-10.html.
[2] J. Groebel, «The UNESCO global study on media violence», en Children and Media Violence, Estocolmo, La cultura neoliberal pone en marcha todos los medios necesarios, incluidos los tecnológicos, para fabricar un sujeto acrítico y postneurótico. UNESCO, 1998.
[3] Cf. Investigación comparativa europea, Children and Young People in a Changing Media Environment, editada por Sonia Livingstone et Moira Bovill, Erlbaum ed, Mahwah, N.J et Londres, 2001. Notemos que esas cifras se aplican a los niños entre 0 y 3 años.
[4] http:// babyfirsttv. com/ fr/
[5] [Nota de traducción: TF1 es una de las cadenas nacionales de televisión en Francia].
[6] Les dirigeants face au changement, éditions du Huitième Jour, Paris, 2004. Préface d’Ernest-Antoine Seillière, ex-président des patrons français réunis dans le Mouvement des entreprises de France (MEDEF), p. 92.
[7] [Nota de traducción: Traduzco con dos palabras el término francés maître que significa en español tanto ‘amo’ como también ‘maestro’].
[8] Según el informe The Kids Market (New York, Package Facts, 1998), un niño americano ve en promedio 40 000 spots de publicidad por año. El poder de compra de los niños americanos está evaluado en cerca de 30 mil millones de dólares –sin contar la influencia que tienen en las compras de sus padres, estimadas en cerca de 400 mil millones de dólares por año.
[9] Cf. L. Roussel, La famille incertaine, Paris, Odile Jacob, 1992 et I. Théry, Couple, filiation et parenté aujourd’hui. Le droit face aux mutations de la vie privée, Paris, Odile Jacob/La Documentation française, 1998.
[10] Folleto distribuido en el coloquio del Institute for International Research 26 y 27 de febrero de 2002 en Paris con el lema: «Adopte una comunicación dirigida a tocar al niño en el corazón de su universo».
[11] Se le debe a Cleveland Evans, profesor de psicología en la universidad Bellevue, Nebraska (États-Unis) haber observado ese fenómeno: ver http://colleges. surfwax. com/files/Bellevue_University.html. France no está exenta: tuvimos, por ejemplo, el caso de la pequeña Renaud, con el nombre de pila Mégane…
[12] W. Josephson, Television Violence: A Review of the Effects on Children of Different Ages, Patrimoine canadien, 1995.
[13] [Nota de traducción: Entre las leyendas de San Nicolás de Bari, se encuentran diferentes versiones. Y, entre ellas se cuenta la siguiente: La razón por la que se lo representa con una tinaja en cuyo interior aparecen tres infantes, varios relatos coinciden en que son tres niños que andaban perdidos y llegaron a una posada pidiendo ayuda. El posadero los invitó a entrar y acto seguido los sacrificó y los colocó en un tonel con salmuera. Tiempo después, en una desapacible noche, pasó por esa misma posada el propio San Nicolás para descansar y alimentarse. Una vez sentado a la mesa pidió que le sirvieran unas cortadas de carne en salmuera. El posadero se sintió descubierto y huyó despavorido. Seguidamente, el Santo destapó el tonel e hizo salir vivos a los tres niños].
[14] Ver sus análisis sobre la «sincronización de las consciencias» y la «extenuación de su diacronía», en:
B. Stiegler, Aimer, s’aimer, nous aimer – du 11 septembre au 21 avril, Paris, Galilée, 2003.
[15] [Nota de traducción: Hoy existe una tendencia preocupante a que los niños de hoy pierdan imaginación, principalmente por la hiperestimulación y el uso excesivo de pantallas. El entretenimiento rápido y los contenidos predefinidos reducen la necesidad de crear sus propios mundos, afectando el juego simbólico y la creatividad. Como causas reconocidas están: 1. Exposición temprana y prolongada a pantallas. 2. Juegos predefinidos e historias cerradas. 3. Prohibición del aburrimiento, que impulsa al niño a tener iniciativas propias. 4. Falta de juego simbólico y de relación con otros].
[16] De lo cual da cuenta la fonología estructural: existe un número finito de fonemas en una lengua dada y cada uno es definido por los rasgos diferenciales que mantiene con los otros.
[17] Cf. R. Barthes, La chambre claire, Paris, Gallimard Le Seuil, 1980.
[18] Cf. Ibid., p. 43 et 69 et sq.
[19] S. Freud, L’inconscient [1915], dans Œuvres complètes, XIII, Paris, Puf, 1988, p. 234 et sq.
[20] El comercio verbal se inserta a su vez en un gran comercio orgánico: intercambios de miradas (verse, ver, ser visto por el otro), intercambios vocales (oír, ser oído por el otro…), intercambios de materias corporales (senos, heces) …
[21] [Nota de traducción: En francés el pronombre Il es indispensable para conjugar un verbo en forma impersonal, por ejemplo: ‘llueve’ = il pleut, recurso que no es usado en español].
[22] Cf. E. Benveniste, Problèmes de linguistique générale, chap. V, Paris, Gallimard, 1966.
[23] Recordemos que tiempo y espacio son las categorías a priori de la sensibilidad en Kant, constitutivas de la relación con el mundo, es decir, de la evidencia a partir de la cual el sujeto se instala como sujeto hablante.
[24] En D.-R. Dufour, Les mystères de la trinité, Paris, Gallimard, 1990, donde propongo considerar ese triángulo «yo, tu, él» como la configuración de base de la simbolización. 21. R. Jakobson, «Aspects linguistiques de la traduction», dans Essais de linguistique générale, Paris, Minuit, 1963, p.78 et sq.
[25] R. Jakobson, « Aspects linguistiques de la traduction », dans Essais de linguistique générale, Paris, Minuit, 1963, p.78 et sq.
[26] S. Freud, «Nuevas conferencias sobre el psicoanálisis», Buenos Aires, Amorrortu 1982, cf. fin de la conferencia 31. El término alemán Kulturarbeit significa en español: trabajo de la cultura.
[27] Remito a una obra aparecido en editorial Denoël en 2009, La cité perverse, donde trato de mostrar que múltiples lecciones de perversión, que van más allá de la exposición a la televisión, son constantemente dispensadas al conjunto de las poblaciones en la ciudad postmoderna.
Dufour, D.-R. (2016). «Le cerveau disponible du bébé néoliberal» Dans – La grande aventure de bébé. Spirale 2016/4 N° 80, Tolouse: Éditions érès, pp. 221 – 233.