Sobre «La batalla política del niño»
El psicoanalista francés Marie-Jean Sauret publicó con ese nombre un libro en 2017, lo que presento a continuación es un condensado de algunos puntos cruciales que él menciona para iniciar su texto. Lo hago a título de abrebocas, a propósito del interés por estudiar la infancia que surgió de parte de algunos «Enseñantes no-todos» en julio de este año 2026.
Neurosis infantil y novela familiar
¿QUÉ ES LA NEUROSIS INFANTIL?
Es el tiempo lógico esencial para soldar la crisis edípica. La matriz de las relaciones pregenitales, cuya experiencia ha tenido el sujeto con el Otro, paso el Inconsciente que decide la posición del sujeto respecto a su sexo –lado hombre o mujer– y de forma más amplia en relación con su goce _ tanto aquel que es conveniente como de aquel del cual es mejor cuidarse. Esta orientación ocurre en función de lo que fija la neurosis infantil en el fantasma así constituido, de un lado como «elección primaria del objeto infantil» que será el prototipo de elecciones posteriores, y de otro lado, como parte del encuentro efectivo con el goce (demasiado precoz o demasiado intenso, según se trate respectivamente de la vertiente histérica o de la vertiente obsesiva).
Freud supone que ocurre de modo universal, aunque pase desapercibido en ocasiones: el fantasma se ubica sin crisis aparente, pero, puede reconstruirse luego, a partir de la neurosis adulta, pues es su núcleo. Si Freud vacila al declararla universal es porque en ese momento no dispone de la categoría de estructura, no distingue netamente estructura del fantasma fundamental de la crisis infantil que imita y porque siempre busca el caso que se oponga a la teoría.
¿QUÉ HACE INEVITABLE ESTA CRISIS INFANTIL?
¿Aunque convenga distinguir su forma ardiente o silenciosa y su descripción idéntica al fantasma del cual nace?
La respuesta es sí, el recién nacido no depende de su equipaje instintivo sino del Otro hablante (Nebenmensch) del cual depende toda satisfacción (el Otro dedicado al cuidado).
El Otro hablante desconecta al sujeto de su organismo e inicia la división de ese sujeto y el goce, para adoptar el nombre lacaniano de ese defecto fundamental de satisfacción a causa del acceso al lenguaje.
Freud sitúa la insatisfacción como debida a: 1) lo intraducible a palabras del gozo (organismo) y 2) porque la satisfacción solo viene del Otro seductor, lo cual calificó como pulsión.
La insatisfacción tampoco se despliega ya que los objetos que logran obtenerse solo son sustitutos de la cosa de gozo faltante, pero la angustia profunda del sujeto frente al Otro, su miedo a ser devorado por él, es la contrapartida de su esfuerzo por agradarle para evitar que el Otro lo abandone. Esa insatisfacción se desplaza de lo oral a lo anal: el regalo y la seducción no inician el capricho materno, que es confundir su deseo con una voluntad de goce.
En ese punto la crisis hace llamado al padre y al Complejo de Edipo, para que ocurra la nominación del deseo de la madre mediante el Nombre-del-Padre, que anuncia al niño que él no es lo que le falta a la madre, sino que ella busca el falo en el padre. Este padre protege de ese modo al niño de la voracidad del Otro y por lo tanto humaniza el deseo y correlaciona el gozo, cuya falta es experimentada por el sujeto con el defecto fálico. El resultado es que erige al falo como significante y aparato de gozo. El sujeto debe entonces detener las consecuencias de fijar las maneras de encontrar gozo en la elección del deseo: verificable en el encuentro del compañero sexual, luego de la pubertad (en el lazo con el otro y el compromiso en la vida social).
El Nombre-del-Padre solo es un significante, que no se identifica como tal al ser de nadie, aunque sea el genitor. También es preciso diferenciar la incertidumbre estructural del padre con su declinación posmoderna.
Por el contrario, cuando un padre concreto está seguro de serlo, en el sentido en que bloquea la palabra de la madre, aparece un gran riesgo de su forclusión, por la filiación que él engendra: la psicosis.
Freud señala en «La novela familiar del neurótico» un segundo aspecto: «La fuerza pulsional es el deseo de ubicar a la madre –objeto de suprema curiosidad– como secretamente infiel, con relaciones amorosas ocultas». Pero, ese estadio de la novela raramente se rememora de forma consciente.
¿No atestigua esa invención de figuras paternas grandiosas (que acompañan la incertidumbre del padre) de que el sujeto sabe que el padre no está a la altura para ser capaz de contener el gozo?
Si el sujeto agrega relaciones de la madre, ¿no es acaso porque sabe que no-todo el goce de ella es saturado por el falo, aunque se lo tome prestado de personajes eminentes?
En «La etiología de la histeria» (1896) Freud dice que la neurosis se desencadena antes de la pubertad.
Una manera de leer el síntoma del niño surge de la verdad de la pareja parental. Pero, hay que advertir que la cura analítica de los padres, solo podrá servir a cada uno de ellos, al que la realice y no al niño.
Tendríamos que tomar a la letra la tesis de Freud sobre la «superposición en estratos de lo infantil y lo femenino» y entender por femenino todo aquello que no es razonado del goce, lo que no es abordado por el falo: erotismo, traumatismo real, consecuencia del amor del padre… Freud lo llamaba recubrimiento de la corriente sensual por la corriente tierna, la cual Lacan traduce como a/ -φ (perdido).
En idioma francés «L’enfantil» se define como lo que no se desarrolló de la infancia, diferente a «l’enfantin», que es lo que el adulto desarrolla de la infancia.
Así es. El fracaso del falo en la tarea de significantizar todo el gozo se abre a dos interpretaciones: 1) La del neurótico que se suma al padre y por tanto al fracaso del falo. 29 La del sujeto que deduce que no todo el gozo puede instrumentalizarse. En todo caso, plantear goce fálico vuelve a lógicamente a plantear al mismo tiempo el goce que escapa al falo.
Decir que el síntoma proviene de la verdad de la pareja parental significa que es desde los padres y no del compañero sexual que fluye el gozo hacia el sujeto. También significa que la instrumentalización fálica, como sugiere la novela familiar, a veces deja traspasar el enigma de lo que no es significante. Sin ese apoyo en «a» ¿cómo podría el niño no solo presentar una neurosis, sino cómo se orientaría precozmente hacia su sexo?
Lo irreconciliable entre gozo y sexualidad «insatisfactoria» es aquello que es transmitido como agujero en el Otro (defecto en el saber, falta de respuesta) que Lacan escribe S(Ⱥ): el Otro no dispone del significante capaz de significar el gozo que no debe nada al falo –forclusión generalizada del sexo en el Otro: la imposibilidad de escribir la relación sexual.
NUEVA ESCRITURA EDÍPICA
Un sujeto no se hace femenino al ponerse una etiqueta «mujer», como el nombre de una fruta en una mermelada –contra ciertas teorías que afirman que eso es el resultado de varios formateos sociales, psicológicos, mentales, económicos, demográficos, políticos, que traicionan la verdad biológica.
En tanto un sujeto es lo representado por un significante, así sea «mujer», para otro significante, el sujeto es masculino. S1/$ →S2/a. Recordémoslo, a designa lo que del ser del sujeto escapa a su representación por un significante.
En tanto es masculino, el sujeto tiene una relación metonímica con esta parte de (lo real de su) ser, la cual causa su deseo: entre él ($) y esta parte (a) que él persigue. Existe el rodeo por el significante, la implicación significante (S1→ S2). Reservemos el significante «mujer» en nuestro uso, para el sujeto que, además, tiene una relación directa con esta parte de ser «que hace falta al masculino»: es por lo cual una mujer se introduce en el lazo con un hombre, designando esa parte que a él le falta y es por eso causa de su deseo (si él llega a acogerla como tal). A veces, ella logra atraer hacia la paternidad ese deseo: père-versión– Lacan dice
Un padre no tiene derecho al respeto, si no al amor, en tanto ese amor, ese respeto, está père-versamente orientado, es decir, hace de una mujer el objeto a la cual causa su deseo. Pero, lo que una mujer a-coge de eso, no tiene nada que ver con la cuestión. De lo que ella se ocupa de otros objetos a, que son los hijos, sobre los cuales el padre interviene –excepcionalmente en el mejor de los casos– para mantener la represión en el justo medio (mi-dieu), una versión que le es propia de su padre-version. La padre-versión es la única garantía de su función de padre, la cual es la función de síntoma, tal como la he escrito».
¿De qué le sirve a una mujer ordenarse bajo el significante «allí desde donde la ve el hombre»? dice Lacan. En la palabra del sujeto masculino él la identifica a la madre: la madre igualmente mantiene una relación metonímica con esa parte del ser que le escapa y que el niño llega a representar en lo real – el niño, como «eso que escapa al sujeto masculino»:
Madre → Niño
$ a
En RSI Lacan indica que una madre se ocupará de sus niños en vez de gozar sobre su espalda – a condición de ofrecerse como causa del deseo de un hombre (su compañero). La padre-version mediante la cual un hombre deja esta parte de goce que una mujer reintroduce (con el amor) en el lazo social por el sujeto masculino, limita la perversión materna y la suya propia. Esta limitación firma la transmisión del Nombre-del-Padre: Padre-version/perversión. Escribimos Ⱥ esta forclusión generalizada del sexo en el Otro, que divide al Otro materno y se reparte su lazo doble entre el hombre y el niño:
Padre-version Padre
Hombre → Mujer Madre → Niño
$ ∥ a $ ∥ a
Deseo se ocupa
Así tenemos la formalización de la neurosis infantil «del padre» es transmitida al hijo a condición de mantener el enigma del goce femenino para un hombre, aquel que es candidato a darle carne a la función.
Precisamente es ese significante faltante el que solicita al niño cuando éste pregunta a sus padres por lo que él es: los interroga precisamente sobre lo que él representa, la parte de ser que cada uno pierde al hablar. Lo mismo cuando cuestiona, más o menos abiertamente, sobre lo que se debe hacer con la excitación sexual precoz, la erección infantil, tanto como con el choque con el heterós, los interroga sobre la forma de arreglárselas con la causa del deseo, y de nuevo, a falta de significantes los deja pasmados.
El niño «dé-pensant»
De modo espontáneo, el niño plantea dos cuestionamientos antropológicos: 1) sobre la acogida que recibe de la generación precedente, la alteridad que él encarna. 2) sobre la transmisión de los medios para hominizarlo e inscribirlo como actor de su vida, en el lazo social que comparte con sus semejantes. Ahora bien, hemos sido alertado sobre el hecho que ese tapizado de una generación a otra no es sin dificultades – si bien nunca fue fácil. La reducción de la natalidad, los abandonos, los actos violentos contra los niños, el suicidio infantil, hacen pensar que no fueron completamente bienvenidos. Los rechazos escolares, las inhibiciones, los trastornos del comportamiento, la criminalidad infantil, la seducción por parte de religiosos radicales, surgieren un problema «educativo» y que parece concierne la transmisión.
En contravía aparente, se reivindica el derecho a tener hijos por parte de mujeres cada vez más añosas, de parejas de homosexuales o transgénero, incluso de solteros, lo que muestra una renovada ligazón con los niños e interroga los motivos de cada uno: ¿se trata de transmitir, de acoger la alteridad o de acceder a un «bien» que proporcione bienestar como el apartamento, el auto y la profesión, de encontrar un medio que permita escapar a la soledad, o asegurar al compañero?
Y en todos esos contextos nuevos, ¿cómo se mantienen o se renuevan las condiciones de transmisión de los elementos necesarios al proceso de hominización?
La medicalización de la existencia –los tratamientos de la infertilidad, reanimación de prematuros cada vez más precoces, mayor prolongación de la vida de los niños enfermos o discapacitados, que en otro tiempo tenían pronósticos de muerte temprana, prácticas eugenésicas negativas (eliminación de embriones afectados) y positivas (elección del sexo o del esperma por el donador, etc.).
Todo eso modifica la relación de los padres y de la sociedad con los niños e igualmente de los niños con el deseo que preside su existencia. La cantidad de puestos en la escuela, la falta de enseñantes, las dificultades de las instituciones en el campo médico-social, hacen pensar que la política no dimensiona la mutación en curso, incluso si se asignan nuevas «protecciones» y derechos.
LA ANTROPOLOGÍA FREUDIANA
El humano llega al mundo en estado de neotenia, cada uno nace prematuro, inacabado. Para ver un homínido acabado conviene remitirse a los grandes monos. Ese inacabamiento acarrea dos consecuencias: el humano compensa esa incapacidad con la prótesis del lenguaje, condición de toda prótesis, desde las reparadoras hasta las que se le prometen al hombre adulto del presente: de otra parte, por su supervivencia, el pequeño humano, debe permanecer largo tiempo bajo la protección de quienes lo fabricaron, es decir, tener una «infancia» cuyo correlato es la adopción por la familia. Cualquiera que sea la forma de esta, es el primer lugar de la educación y de la transmisión de la prótesis lenguajera.
Aquel que acepta hablar queda obligado a plantearse la pregunta sobre aquello que él es; obligado a chocar con el hecho de que la pregunta y la respuesta solo son capaces de palabras: es decir, de representar lo real que él es, aunque ciertamente no lo atrapan. El lenguaje miente, lo que introduce el enigma de la verdad: es posible evocar la relación que el sujeto sostiene con lo real que él es y le escapa, pero, no con la exactitud de un cálculo matemático. La verdad se medio-dice, es decir, no deja de escapar y solicitar a cada uno.
Freud calificó como inconsciente al saber no disponible para asir lo real del sujeto: un agujero en el saber. Y Lacan propone el término de gozo para la sustancia negativa, como perdida, con la cual tropieza el sujeto al hablar.
EL VIRAJE DE LA MODERNIDAD
La invención de la ciencia moderna produce una división del saber y hacer aparecer que el saber existencial es incapaz de rivalizar en certeza u objetividad con esa ciencia.
La Ilustración produjo la ideología del progreso según la cual la ciencia acabará con los oscurantismos, sin ver que, si bien es perfectamente capaz de responder preguntas que exigen análisis, descripción y demostración para hacer la explicación del mundo físico, de otro lado, es inepta en cuestiones sobre el sentido de la existencia del mundo.
Ahora bien, ante esos descubrimientos el sabio recuerda que el humano de dejar de hacer un relato con su vida. Por lo tanto, la ciencia moderna aumenta las querellas ideológicas, las guerras religiosas, las persecuciones.
Como respuesta a esto vino el liberalismo filosófico, que remite la creencia a la esfera privada, el liberalismo político, es decir, que por primera vez después de la Antigua Grecia, los hombres se dan a sí mismos un modo de gobierno que no debe nada a los dioses ni a la tradición, y finalmente, el liberalismo económico, en tanto las relaciones entre los individuos son remitidas a su valor de mercado.
Este viraje tiene varias consecuencias: separa a los humanos de los «grandes relatos», que participaban del lazo social. Mientras la unión entre el mercado y la tecnociencia produjo el Discurso Capitalista como nuevo lazo social. El Discurso Capitalista (DC) promete que se va a explicar todo, que se comprenderá todo, que se fabricará todo y se gozará de todo. Por lo tanto, este discurso denuncia a la falta que causa el deseo y rebaja al deseo a una necesidad que podría ser potencialmente satisfecha, sustituye la determinación económica (biopsicosocial) por responsabilizar al sujeto en la tarea de encontrar la causa de su deseo. El grupo ya no es solidario con sus elecciones, más bien cada uno busca su gozo. Lacan vio allí la seducción de psicologías intuicionistas y fenomenológicas contra lo cual declaró que la tarea del psicoanalista es restituir el término «síntoma» como punto a partir del cual, el sujeto podrá recuperar, mediante la palabra, la responsabilidad de sus actos.
EL SOBRESALTO PSICOANALÍTICO
¿Cómo llega el psicoanálisis a jugar su partid en el contexto lógico que descubrimos? De un lado, la ciencia al sujeto que la ha fabricado lo aísla del saber producido mediante la exigencia de objetividad. Pero ella está enredada con la angustia del sabio y no puede deshacerse en absoluto de su autor. De otro lado, con el liberalismo, los sujetos han saboreado la libertad de desear y ellos se han movilizado para defender esta libertad durante la Revolución Francesa, esas son dos de las razones que han permitido el advenimiento del psicoanálisis. La tercera es precisamente el rechazo de la falta por parte del Discurso Capitalista, el hecho de hacer impensable la falta, excepto como frustración. El saber del psicoanálisis hace su entrada en lo real como operación que permite pensar esa falta: como castración[1]. De algún modo ella es lo que son capaces de producir los humanos para sobrevivir a los tiempos del capitalismo.
Y ¿qué enseña Freud? Que los sujetos claramente repatriaron en lo íntimo la función hasta entonces garantizada por los dioses, la función paterna, complejo de Edipo. De otro lado, este complejo significa que ser hijo de humano sin duda es una condición necesaria pero insuficiente en el proceso de humanización. Conviene además que cada uno reitere el paso que ha efectuado la humanidad para realizarse, es decir asuma el asesinato del padre primitivo sobre sí: ¡lo que permite entender que lo real es incansable! Freud descubre entonces que los sujetos son capaces de imaginar la falta que sostiene su deseo, complejo de castración. Descubre que son capaces de elaborar una historia susceptible de sostener ese deseo y de dar cuenta de las razones de su insatisfacción (hasta ese momento proporcionadas por las «ontologías»), el fantasma, y que ellas arman una solución que ordena el acceso al poco de gozo que son capaces de atrapar corporalmente, el síntoma. En breve, se han dotado de una religión privada, la neurosis[2]. El problema de la transmisión cambia de coordenadas: toda la atención recae sobre la forma en que el niño se inscribe en esta religión con su neurosis infantil. Esta es la razón por la cual se concede privilegio al Complejo de Edipo.
Pero, todo ocurre como si el Discurso Capitalista fuera capaz de denuncia al psicoanálisis e hipotecar la solución por la neurosis. Posiblemente una de las razones de este fracaso hay que buscarlo en el hecho de que para Freud la castración era imaginaria: el varoncito se aleja de la madre por temor a ser castrado, mientras la niña se retira de la madre y del padre quienes la han desilusionado, la primera por no haber sabido darle pene, el otro por no darle un hijo en compensación. Y esas historias «de soñar despierto» no sostienen el camino ante una promesa de gozo infinito.
Sin duda desde allí surge un nuevo sobresalto con Lacan. Por una parte, él le otorga a la castración su dimensión simbólica: se trata de una operación que permite simbolizar la falta como irreductible. Por otra parte, desplazó lo imposible a otro lugar que el nivel de la castración completamente pensable: lo que es imposible es escribir una relación entre los sexos tal que una mujer encuentre en un hombre, y recíprocamente, la respuesta a la pregunta de lo que cada uno es. No hay relación sexual que pueda inscribirse. Parece que, para verificar esa imposibilidad, hace falta aceptar considerar que existen dos anatomías, simbolizarlas en términos de diferencias: y tomar apoyo en ello para situar la alteridad. El falo freudiano es el significante de esta diferencia y no del órgano masculino. La asunción del sexo propio consiste en posicionarse ante la mirada de esa imposibilidad: como consagrándose a encarnar para otro, del lado del objeto, lo que pierde al hablar, o sea remitiéndose al lenguaje para tratar de recuperar algo (volveré a esto, en el capítulo 5). En todo caso a falta de este apoyo, hay tantas posiciones sexuales como individuos, lo que parece confirmar la lista que no cesa de alargarse, de lesbianas, bisexuales, transgéneros, gays, sexless – a su vez cada grupo se declina y se reivindica como una comunidad de semejantes, sin dar un sitio a la singularidad ni a la alteridad…
Es claro que esas personas deben tener los derechos de todo ciudadano. Pero no quedamos libres de las preguntas que se plantean así a nuestra sociedad, principalmente sobre el carácter perenne del proceso de humanización del tipo colectivo que anhelamos formar y el lugar dado a los niños en ese contexto. Libres para nuestras elecciones, pero, responsables de las consecuencias.
LA ANTROPOLOGÍA NEOLIBERAL
Como cientismo cuidador, el capitalismo invita a los humanos a pensarse como organismos, máquinas, auto-empresas: rentables, económicas, durables, flexibles…, y desde todo punto calculables. En favor de la economía, el cálculo ha sustituido al derecho en la nueva metáfora civilizadora: sin resto. Y los proyectos transhumanistas[3] financiados por multinacionales y también por los Estados, muestran directamente este intento de triunfo de la sublimación, que Freud y Lacan identificaron al triunfo de la pulsión de muerte. El hecho de que los transhumanos fueran un tipo de movimiento religioso de ciencia-ficción antes que las tecnologías dejen fantasear una próxima realización, permite hablar legítimamente de ¡una modalidad particular de triunfo de la religión! Los individuos que consienten esta sugestión no se preocupan por la falta, el deseo, el fantasma, el síntoma – vividos como tantas otras molestias de las que hay que librarse. Desde ese punto de vista, ¡la contribución del budismo a las neurociencias no tiene sino aspectos positivos!
La descalificación de la función paterna, de todos los valores, se acompaña de una ausencia de las identificaciones. De hecho, aceptamos la ley porque confiamos en quienes las formulan y la garantizan. En ese proceso nuestras creencias individuales, nuestras convicciones políticas juegan su parte: son un asunto de transferencia a los valores literalmente «fiduciarios»[4], es decir, fundados en esta confianza. Pero, aquí tenemos mil signos de disfuncionamiento. Para atenernos a la actualidad del momento en que escribo, y cualesquiera que sean nuestras opiniones, la sumisión de la política a la economía enuncia esta supremacía del cálculo, y la presencia de un ministro de Economía liberal en un gobierno socialista revela la inconsistencia puesto que «A socialista» = «no A liberal». Inconsistencia que aclara el término social-liberalismo[5].
Los signos más tangibles de esos cambios se encuentran en relación con las figuras de autoridad y de ley. Así, el Estado francés al declarar el estado de urgencia (a causa del terrorismo) se aseguró con instancias internacionales que podría derogar los derechos del hombre sin riesgo de ser perseguido por ello. Otro ejemplo, la ley es respetada porque está acompañada de sanciones: tal es el significado de miles de radares que controlan nuestra velocidad, cámaras ubicadas en los semáforos. Y cuando se imponen detectores de metales en las escuelas o se introducen patrullas de policía (incluso antes de los atentados para protegerse de la violencia… de los estudiantes), ¿no es porque ya no se cuenta con la autoridad de los enseñantes, ni con el hecho de que los estudiantes puedan aprender a someterse a ella? Somos de esta época, en la que la autoridad desaparece detrás del poder. De algún modo, el sujeto que admite la sugestión neoliberal (conscientemente o no) está atrapado entre la mortificación por la antropología del hombre máquina y el retorno de la fuerza bajo la forma del poder. El gozo del poder del cual dan testimonio nuestros políticos confirma la potencia de esta otra modalidad de la pulsión de muerte, la pulsión de destrucción.
Desde esta óptica es lógico hablar de capital humano: un capital de inteligencia, de memoria, de riquezas, de fuerza natural. Vale para tal o cual competencia, para tal o cual característica y se encuentra en el mercado, como cualquier objeto: tráfico de órganos, de embriones, de bebés, de niños, de mujeres, de hombres (desde la prostitución al esclavismo, más o menos disfrazado), se inscribe en las consecuencias. De otra parte, la Educación nacional de los países europeos está orientada en el sentido de una empresa liberal dedicada a la fabricación y venta de competencias necesarias para el mundo capitalista y se pondrá la vida en llegar a comprar, luego consumir (en el sentido de revender en el mercado con su fuerza de trabajo) antes de volver y así de continuo. Las grandes empresas financian cuadros formados en algunas semanas para paliar el déficit de maestros en liceos y colegios, pero, ¡no tienen motivaciones filantrópicas![6] Y los juegos televisados donde se trata de mostrar que se sabe todo sobre todo dan una idea de la concepción que tenemos de nosotros mismos.
El niño máquina existe. Crece en el mundo tecnológico en el cual se desenvuelve mejor que sus mayores, a condición de que adopte la misma concepción de la inteligencia –calculadora, rápida, determinista. Michel Serres ve allí los signos de una adaptación prometedora. Pero, también son los signos de una mutación del saber: un saber sin agujero, por ende, no apto al inconsciente, a la transferencia ni a las invenciones existenciales, incluso a las creaciones. Brevemente, este niño debe pensar como la inteligencia artificial, con la rapidez con la cual es probable que le sea difícil rivalizar, principalmente con la llegada programada del ordenador cuántico. Sin embargo, si las empresas informáticas reclutan autistas de alto nivel porque ellos se desempeñan mejor que el ordenador digital para algunas operaciones, ¿no significa que incluso para ellos, a pesar de estar menos enredados que un neurótico con el inconsciente, hay cierta ventaja al pensar humano?
¿No fue Josef Schovanec quien declaraba no ser autista, sino alguien que debe desenvolverse con su autismo?[7] ¡El sujeto no es autista!
Indicamos que Europa, tan ecónoma cuando se trata de Educación Nacional, instituciones especializadas, de psiquiatría, ha desembolsado cada vez, en pleno periodo de austeridad, casi dos mil millones de euros ¡para construir la mayor máquina jamás vista de inteligencia artificial, además de mil millones para un proyecto de ordenador cuántico, sin hablar de las inversiones en la escuela digital!
De hecho, si el psicoanálisis no se equivoca sobre la estructura del sujeto, este no está listo para dejarse reducir al formateo social. De allí la protesta lógica de numerosos síntomas a los cuales nosotros debemos hacer frente: abandono del saber, (fobia, deserción y fracasos escolares, retraimiento social, y todo eso que la psiquiatría de la nueva antropología describe como accidente «dis», trastornos de discapacitado –TDH, hiperactividad, disortografia, discalculia, etc. ; búsqueda del gozo por el gozo (toxicomanías, psicotrópicos[8], comportamientos y deportes de alto riesgo, abuso del alcohol, etc.); violencia en todos los niveles (contra la escuela, contra los semejantes, contra los ricachos, contra sí mismo, etc.); búsqueda del sentido a la altura de lo que hace la radicalidad de sus singularidad que el mundo ignora (radicalismo e integrismo religioso como tantas ideología susceptibles de rivalidad con la paranoia cientista y neoliberal); suicidio, como único acto que queda al humano para salvar su existencia contra el ser formateado que el impone el Otro –solo el humano se suicida sabiendo el riesgo de la muerte, por lo cual Lacan saluda el acto de Empédocles cuando se tira al Etna.
¿QUÉ CONCLUSIONES?
La primera es que faltó que algo fuera transmitido a nuestros niños para que ellos vivan hasta el momento en que ellos adopten su solución, tan nociva como pueda ser ella. La segunda es que, sin el apoyo del deseo del Otro, la pregunta de lo que ellos son para él seguiría sin solución. Y, de hecho, ellos parecen mal equipados para alojarse en nuestro mundo y tomar su parte de responsabilidad. La tercera es que debemos estar atentos a las historias singulares de esos neuróticos, psicóticos o perversos, que logran aportar su contribución para su satisfacción y la nuestra: ellos nos enseñan.
Ninguna nostalgia por las mitologías o religiones antiguas: nuestra responsabilidad ética es precisamente inventar cómo restablecer la confianza en la autoridad que elegimos. Esto no puede hacerse sin discutir el tipo de colectivo que anhelamos construir.
Pero, en toda situación, tenemos que tomar en cargo a quienes fracasan: y en efecto, esto retorna a quien encuentra un modo de dar provecho a los demás. No como un asunto de simple solidaridad: es que nadie se humaniza solo. A partir de allí sostener un posible hueco en el saber, la subjetivación de la falta, y cultivar todos los lugares de acogida del síntoma, no constituyen signos de buena voluntad, sino el compromiso político para construir otro mundo –un mundo en el cual esperamos –porque lo habremos experimentado a nuestro nivel– que cada uno de sus habitantes sea capaz de poner al Discurso Capitalista fuera de sí, mientras se inventa otro sistema, si todavía es tiempo.
La mutación del niño contemporáneo[9]
Nuestra época es llamada «posmoderna», y ese cambio se acompañaba de una nueva «economía psíquica». No importa qué pongamos bajo ese término, los niños de hoy son los hijos de padres «de subjetividad modificada». Eso es suficiente para que sospechemos que el niño que se fabrica con tales padres, él también da testimonio de una «mutación». Las transformaciones posmodernas son atribuibles entre otros factores de las intervenciones de la técnica sobre el viviente y a la parte que la ciencia toma de las representaciones antropológicas de cada uno – en detrimento del deseo. Nuestros discípulos mismos son requeridos para rendir cuentas del fenómeno y contribuir a la adaptación de los sujetos al mundo que nos rodea. ¿Por cuáles consecuencias? ¿Qué nos enseña este niño «nuevo»?
Si, siguiendo el capítulo anterior, admitimos la mutación del niño contemporáneo, tendremos que verificar si algo de él ha cambiado en la clínica «psicológica» en un sentido amplio. Primera pregunta: ¿es el niño quien ya no es el mismo, o son nuestros instrumentos conceptuales los que nos hacen percibirlo de modo diferente? De hecho, los dos aspectos podrían conjugarse y hacernos creer así, tal como en particular los Géneros Sexuales lo han popularizado, que la teoría, la cultura, la civilización –para decirlo rápido– son capaces de formatear a los individuos hasta en su sexo, y eso tanto para lo mejor como para lo peor. El psicoanálisis nos recuerda entonces, que la pregunta más importante no recae sobre los efectos innegables y que seguramente deben tratarse, de lo que sería la sugestión. Aquel debió romper con esta práctica (de la sugestión) para constituirse. Dejemos de lado el ideal del niño imaginario[10]. El psicoanálisis se interesa precisamente en lo que hace el sujeto rebelde a la sugestión: ¿cómo sucede que no todos los niños estén enfermos de la misma forma y que algunos vuelvan a escapar de ello, sin forzosamente devenir hiper-adaptados al mundo moderno? En suma, ¿con cuál real irreductible deben arreglárselas ellos para realizarse como sujetos? Una pregunta subsidiaria. ¿Qué real acoge el psicoanálisis y qué real lo orienta? Para intentar responder tomo e impongo a mi lector los giros y repeticiones que me son necesarios – a riesgo de no abordar este niño contemporáneo sino en el momento de concluir. Estaré satisfecho si este encuentro fundara en razón, no sólo las preguntas que nos planteamos sino el estudio de un apoyo en el psicoanálisis –hasta confirmar un poco más el interés de su ética y su clínica.
OBSERVACIONES PREVIAS
Primera observación, biológicamente, el humano es una neotenia, un prematuro: y este rasgo lo condena a esperar largo tiempo –el tiempo de la infancia, precisamente.
Durante ese tiempo, permanece a cargo de quienes lo nutren y lo educan en el seno de lo que deviene en ciertas condiciones el «medio familiar». En efecto, esto supone que quienes están a cargo del recién nacido no reaccionen por instinto a sus necesidades, sino lo adoptan en un «mundo» lenguajero. Conviene entonces replantearse las relaciones del niño, y por supuesto de cualquier parte de su organismo– si no es el instinto ni la necesidad los que les regulan igual que en el animal.
El interlocutor del psicoanalista no es directamente el niño, sino el sujeto. ¿Qué se denomina de ese modo? Acostumbro responder con una fórmula: es sujeto lo que literalmente habla en el humano (y que no es sin cuerpo). Sin embargo, la referencia al niño me obliga a precisarlo. No sólo porque la clínica de niños nos confronta con los que todavía no hablan, los que se rehúsan a hablar y algunos como los autistas y los psicóticos que se presentan como los accidentados de la palabra: desde ese punto de vista, no existe niño fuera de lo simbólico, y por ese simple hecho que que es acogido por engendrado y acogido por otro que habla. Pero, conviene agregar que no hay sujeto sin relación con el cuerpo «erotizable» y erotizado, fuente de placeres distintos a la satisfacción biogénica – es decir, contaminada por el gozo; y la infancia está particularmente marcada por ese debate con el gozo.
El sujeto está confrontado al lenguaje por el Otro parental (para ir rápido). El humano nace dos veces: una vez como organismo llamado a desarrollarse, y una vez como sujeto hablante, obligado a asumir las consecuencias de su relación con el lenguaje. Este lenguaje obliga a plantearse a sí mismo dos preguntas. Antes que nada, la pregunta que la ciencia plantea a propósito de cualquiera de sus objetos: «¿Qué soy?» Ahora bien, el lenguaje solo puede representar, es incapaz de atrapar lo real que permite evocar: en cierto modo, es mentiroso[11]. De modo que el sujeto tropieza primero con la falta de respuesta del lenguaje: no encontrará lo real que él es, sino su defecto. Habla, le falta y Freud remite la consecuencia de esa carencia al deseo. Lacan propondrá llamar «gozo» a esta sustancia real del sujeto, reencontrada en el lenguaje como perdida del hecho y cuyo retorno limitado (la satisfacción, el placer) apunta al cuerpo. Limitado porque la falta constituye el deseo, que es la vía del sujeto, como lo que los intercambios metabólicos son a la vida del organismo: reencontrar el gozo «todo» significaría la muerte del deseo, tal como la clínica de la melancolía, de la tristeza, de la depresión, nos lo han hecho entrever. Entonces, esta es la estructura que el sujeto recibe del lenguaje por vía del Otro hablante.
[1] Lacan, J. «Les hablo a las paredes», en Hablo a las paredes (2011) Paris: Le Seuil, p. 96. Seremos llevados a distinguir entre una imaginación de la falta (castración imaginaria freudiana) y su simbolización (castración simbólica lacaniana).
[2] Freud, S. (1927). «El porvenir de una ilusión». En Obras completas [1982]. Vol. XXI. Buenos Aires: Amorrortu editores.
[3] Nota de traducción: El transhumanismo es un movimiento filosófico y cultural que aboga por el uso de la ciencia y la tecnología avanzadas (IA, ingeniería genética, nanotecnología) para mejorar las capacidades físicas, cognitivas y emocionales del ser humano. Busca superar limitaciones biológicas como el envejecimiento, enfermedades y, finalmente, la muerte, promoviendo una evolución hacia una «transhumanidad».
[4] Legendre, P. (2016). L’animal humain et les suites de sa blessure. Conférence à Montpellier. Paris: Fayard.
[5] François Hollande se reivindica como del social-liberalismo oficialmente desde 2014 (pero, ya era la convicción de Jacques Delos del cual era cercano). El ministro de Economía era Emmanuel Macron.
[6] Cf. Noland, M. «Tech for France un danger pour l’école publique», L’Humanité, 9 de August 2016, p. 4-5; Ducatteau, S. «La formation des enseignants confié en douce au privé», ibid, p. 5.
[7] Schovanec, J. (2012). Je suis à l’Est! Savant et autiste, un témoignage unique. Paris: Plon, pp.95-96.
[8] Macary-Garipuy, P. Rossi-Neves, P. (2014) «Ambigus psychotropes». En Figures de la psychanalyse, n° 28, pp. 99-108.
[9] Conferencia por invitación del profesor Jean-Philippe Raynaud, al Service universitaire de psychiatrie et de l’adolescent (SUPEA), Toulouse, 30 de junio de 2015, inédito.
[10] Gauchet, M. (2015). «L’enfant imaginaire». Le Débat. n° 1, pp. 158-166.
[11] Cierto, sería mejor mantener la distinción entre la mentira intencional y la estructura de ficción, de semblante, que caracteriza al lenguaje y que implica la creencia: la posición subjetiva del paranoico rechaza ese registro como consecuencia de la forclusión del Nombre-del-Padre, al punto que Freud hizo de la «increencia» la certeza, una de sus características.
